viernes, 10 de abril de 2020

Estado de alarma - Capítulo 03 - Los Pérez 1ª Parte

Estado de alarma

Capítulo 03 

Los Pérez 1ª Parte

Wenda miraba a través de la valla de la mansión. Observa la calle, casi desierta. Estaba esperando a que Chidi volviese de hacer la compra. Estaban confinados en la mansión junto a toda la familia (exceptuando a Sus, Diamante y los niños). Chidi se había ofrecido a encargarse de la compra. "Así aprovecho para llevar comida a un albergue en el que soy voluntario", había dicho cuando deliberaban sobre quién debía ser el encargado. Chidi es joven y sano, pero eso no quitaba que Wenda se preocupase por él. Se angustiaba mucho cuando salía a hacer la compra. Wenda ofreció su coche para dicha tarea, tenía un buen maletero. El de Wen era muy pequeño y el de Lilu todavía más.

Sabrina llevaba mucho tiempo paseando a Elvis, su perro. Wenda estaba tan preocupada por Chidi que ni se fijó en ella.

Sabrina: ¿Me voy a quedar en casa todo el día metida? ¡Y un jamón! Vamos, Elvis, que todavía nos queda un buen paseito hasta la panadería.


Wenda nunca imaginó que tendría que estar confinada con tanta gente. Estar con su familia no le suponía ningún problema, pero con ellos se habían quedado algunas personas más. Una de ellas era Pam, la novia de Ben. No la quería en la casa, pero Wen había insistido en que su padre tenía que estar con ellos, para más tranquilidad. A Wenda no le pareció mal, pero lo que no imaginaba es que su novia se acoplaría. "Sin Pam, no voy a ningún sitio", advirtió Ben cuando apareció con ella. Llevaban ya casi un mes de convivencia y aunque Pam no había dado muchos problemas, Wenda no la soportaba. Eran incompatibles. 

Pam se asomó por la valla y gritó de malas maneras a Sabrina.

Pam: ¡Ey, petarda! ¡Eres una desconsiderada!
Sabrina: ¿Perdona? (¿Y esta quién es? ¡Está en la casa de los padres de Sus!).
Pam: Llevas mil horas paseando al perro. ¡No estás cumpliendo con el confinamiento! Yo también quiero salir a la calle, no te fastidia. ¡Vuelve a tu casa, irresponsable! ¡Si todos nos comportamos como tú, esto no acabará nunca!


Sabrina: ¡Métete en tus propios asuntos! ¿¡Quién te has creído que eres!? ¡No veo tu placa por ningún lado!
Pam: ¿Placa? ¡Te voy a dar un tortazo que no te hará falta ninguna placa!
Sabrina: Mi marido es policía, chunga. Hago lo que me sale del higo.
Pam: ¿¡Qué!? ¡¡Serás hija de tu madre!!
Sabrina: ¡Vete al cuerno! Vamos, Elvis. Sigamos con nuestro paseo.
Pam: ¡Vuelve aquí si tienes lo que hay que tener!
Ben: Amor, ya es suficiente...


Ben: Intenta tranquilizarte, cariño.
Pam: ¿La has visto? ¡Menuda jeta tiene!
Ben: No vale la pena perder los nervios de esa forma.
Pam: Tienes razón. Lo siento, me han perdido las formas...Estoy algo desquiciada. 
Ben: Entra en casa y tómate una birra de la nevera. Ahora voy.
Pam: Buena idea.


Wenda: ¡Ben! Controla a tu novieta. 
Ben: Lo siento...
Wenda: Esta es una casa respetable. No vamos por ahí dando gritos ni llamando la atención.
Ben: Tienes razón, disculpa. No volverá a ocurrir.
Wenda: Eso espero. No me importa que estés con nosotros en casa, pero lo de tu novia tiene tela. Tiene más cara que espalda.
Ben: Si tanto te molesta nos marchamos y asunto resuelto.


Wenda se dio la vuelta y miró otra vez a la calle.

Wenda: No seas ridículo. No quiero que te marches. Solamente quiero que la controles un poco. Tiene mucho temperamento.
Ben: Lo haré. ¿Todavía no se sabe nada de tu novio?
Wenda: Estoy preocupada. Hace más de dos horas que se marchó.
Ben: Estará bien. Seguro que está entretenido en el albergue.


Susanne, la madre de Wenda, estaba paseando por el jardín. Tenían la suerte de contar con un vallado alrededor de la casa. Disponían de un jardín, fuente, bancos y hasta zona para aparcar los vehículos. Salía todos los días a caminar y de paso, respirar aire puro. Vio a Ben y se detuvo para hablar con él.

Susanne: ¿No ha vuelto Chidi?
Ben: No, todavía no. 
Susanne: Se habrá entretenido en el albergue, el otro día pasó lo mismo.
Ben: Wenda está preocupada.
Susanne: Iré a hablar con ella.


Ben: Está muy enamorada de ese chico.
Susanne: Algo me dice que le preocupan más cosas.
Ben: ¿Usted cree?
Susanne: Estoy segura de ello. 


Susanne: No tardará en regresar, hija.
Wenda: No puedo evitar preocuparme. Con todo lo que está pasando...
Susanne: Sé que no he estado a tu lado durante muchos años, pero eres mi hija y te conozco. Algo más te preocupa, ¿verdad?
Wenda: Sí, no es solamente que Chidi tenga que salir y le pase algo malo. También me preocupa Sus, Diamante y los niños. Duclack y Pradito, Sebastián...Sé que están a salvo en su casa, pero...me gustaría tenerlos a todos aquí.
Susanne: Están bien, no debes preocuparte tanto.
Wenda: Además...me preocupa Duclón. Sé que debe estar lejos, pensando en otra clack o en alta mar, de aventuras en un barco, pero...temo que enferme a causa de esta enfermedad, madre.
Susanne: He podido conocer un poco a ese hombre, durante estos años. Es un click fuerte, seguro que estará bien.


Wenda: ¡Por ahí viene Chidi!

Chidi apareció conduciendo el coche de Wenda. El maletero estaba cargado de bolsas con comida y artículos de primera necesidad.

Susanne: Hay que abrirle la verja. 


Wenda abrió la verja y Chidi pasó con el coche. Llevaba puesta la mascarilla. Saludó a Wenda con la mano y ella hizo lo mismo.


Ann salió de la casa para ayudar con la compra. Wenda corrió para saludar a Chidi, pero este le hizo un gesto con la mano para que se detuviese.

Chidi: No te acerques demasiado, cariño. Antes quiero ducharme.
Wenda: Oh, es verdad. Has tardado mucho.
Chidi: He estado llevando suministros al albergue. En estos momentos necesitan más ayuda que nunca.


Wenda: Llevaré algunas bolsas adentro. 
Chidi: No, deja que lo haga yo.
Ann: Yo me encargo, no se preocupe, señora.
Wenda: Me siento inútil.
Chidi: Es por tu bien.


Leandra: ¿Ayudo en algo?

Leandra (la hermana de Wenda), estaba en una de las terrazas mirando el móvil. Saludó a Chidi con la mano.

Chidi: No es necesario.
Wenda: Hermana, ¿quieres dejar ya el maldito teléfono?
Leandra: Que sí, ya lo dejo.


Leandra llevaba semanas entrando en una aplicación para ligar. Ver a su hermana con Chidi despertó en ella una envidia descontrolada. Quería sentirse deseada, a ser posible por un joven. Entró solamente por probar, pero terminó hablando con un click muy guapo y joven del que se terminó enganchando. Hablaba con él todo el tiempo que le era posible. Decía estar enamorado de ella y quería quedar, pero Leandra no había aceptado. Amaba a su marido y en el fondo, sabía que todo aquello era un error.

Clicksexy: Me gustaría poder estar ahí contigo. Darte todo mi amor y mi cariño.
Leandra: No me digas esas cosas que me sofoco. Me gustaría, pero no puedo...y no es sólo por el confinamiento. Ya sabes que estoy casada.
Clicksexy: Estás casada, pero sigues hablando conmigo. Cuando pase esto, quedaremos.
Leandra: Eso ya lo veremos, casanova.
Clicksexy: Eres mi mamita sexy.
Leandra: ¿Mamita sexy?


Loro: ¡Mamita sexy! ¡MAMITA SEXY!
Leandra: ¡Eh! Shhhh, ¡calla!
Loro: ¡MAMITA SEXY!


Clicksexy: ¿Quién es ese?
Leandra: Un loro. No me llames así, no me gusta.
Clicksexy: Perdona, bella mía. ¿Te podría pedir un favor? Me cuesta mucho pedirte esto, pero eres la mujer a la que amo y la única que me podría ayudar.
Leandra: Claro, pide por esa boquita.
Clicksexy: No tengo dinero para pagar el alquiler de este mes...si no pago, me tendré que ir a la calle. ¿Podrías prestarme 1.000 euros?
Leandra: Maldita sea, soy idiota. 
Clicksexy: Ya te los devolvería poco a poco.
Leandra: ¿Tú que te has pensado? ¿Que soy Coficlick?

Borró su perfil y desinstaló la aplicación en el acto. 

Leandra: Esto me pasa por hacer el tonto.

Intentó reprimir las lágrimas, pero no pudo. Ese chico solamente quería sacarle dinero.


En la cocina, Ann desinfectaba toda la comida. Era un proceso lento y laborioso, por lo que le llevaría bastante tiempo. 

Chidi: ¿Te ayudo?
Ann: No se preocupe, ya puedo yo sola.


Chidi: Esto es una pesadilla.
Ann: No sé hasta cuando estaremos así...
Chidi: Todavía nos queda un largo camino por delante. En la televisión, los políticos hablan de un mes más para las medidas más drásticas. Aunque si te soy sincero, no creo en los políticos. La única que me despierta algo de confianza es Natalia Morey.
Ann: Se tiran los trastos los unos a los otros. Robador insultando a Natalia, Belmonte criticando a SAM...¡Deberían hacer algo y dejar de criticar!
Chidi: Yo por eso soy apolítico. 


Sharon (la madre de Willy), estaba preparando una paella. Le gustaba mucho cocinar y el confinamiento había revivido sus dotes culinarias. Wenda se acercó para oler el delicioso aroma que desprendía la paella.

Wenda: ¡Esto tiene una pinta deliciosa!
Sharon: Gracias, cuñada. Es de marisco, aunque yo le añado alcachofas y pimiento rojo.
Wenda: Mi hermano siempre hablaba de lo bien que cocinabas. 
Sharon: Al menos él no ha tenido que vivir esto...pero daría mi vida por volverlo a ver.
Wenda: Y yo. Le echo de menos...


Chidi fue a toda velocidad al cuarto de baño.

Wenda: ¡Chidi!
Chidi: ¡Me voy a duchar! Quiero quitarme la ropa cuanto antes y meterla en la lavadora. ¡Ahora nos vemos!


Wenda se asomó al jardín. Al menos hacía un día estupendo y se podía estar fuera.


Al salir, encontró a Willy sentado en las escaleras de acceso al jardín. Estaba frente a un portátil, hablando con su mejor amigo, Renzo.

Willy: Es que no me puedo olvidar de ese momento, tío. Nos tocamos las manos y ella...
Wenda: Hola, Willy.
Willy: ¡Tita!
Wenda: Huy, ¿ese es Renzo?
Willy: Sí.
Renzo: ¡Hola!
Wenda: Hola, guapo. ¿Cómo estás? ¿Y tu papá?
Renzo: Estamos bien, aquí en casa sin poder salir.
Wenda: Dale recuerdos a tu padre de mi parte.
Renzo: Se los daré.


Willy: Perdona, no sabía que estaba ahí.
Renzo: ¿Habrá escuchado lo que decías de Emma? Justo me estabas contando que estabais tonteando.
Willy: No creo que me haya escuchado. Pues como te decía, si no llega a ser por su abuela, a lo mejor me habría lanzado...no sé.
Renzo: Cuando esto pase, te tienes que lanzar. Yo creo que le molas. Por cierto, ¿has visto las tareas que nos ha mandado Don Pimpón?
Willy: Sí, ya las he terminado.
Renzo: ¿En serio? ¡Yo ni he empezado! Me da una pereza...


Wenda vio a Chorizo paseando por el jardín. Lilu se lo solía llevar a casa para que lo cuidara, pues muchas veces le era imposible hacerse cargo. 

Wenda: ¡Choricito!


Chorizo se acercó a ella y se dejó querer. Wenda lo acariciaba con suavidad.

Wenda: Estás cada día más hermoso, Chorizo. 


Chiluca y su hermana Cayetana paseaban tranquilamente bajo el sol. Apenas notaban el confinamiento. Lo único que de verdad había cambiado para ellas es que estaban juntas. Lilu y Lulú no podían verse todo lo que quisieran, así que ellas tampoco se veían demasiado.


Lilu: Osvaldo se está portando muy bien conmigo.
Lulú: He visto la foto que colgó en Instaclick, que está sin camiseta.
Lilu: Ay, en esa foto está impresionante. 
Lulú: ¿Todavía sigue con esa tal Cristina?
Lilu: Sí...
Lulú: Es una suertuda. Por cierto, he visto que Hilary está pasando el confinamiento en el palacio de Alexia.
Lilu: Ya, lo he visto. Esa es más basta que un potaje de tornillos. Pobre Alexia, aguantar a esa petarda...Si esa es más de campo que una boina. No pinta nada en ese palacio.


Lulú: Pues nos hacemos un selfie y los subimos a Insta. Que vea que estamos mega guapas y se muera de la envidia.
Lilu: ¡Sehhh! ¿Viste la foto que subió a su insta? Se cree guapa y es más hortera que un polo de chorizo.
Lulú: Es más simple que el plano de un botijo.
Lilu: Sonríe.
Lulú: ¡Me encanta! Salimos divinas.


Wenda: Hola, niñas. ¿Todo bien?
Lulú: Sí, tomando el sol un ratito.
Lilu: Entonces, ¿te hacemos el cambio de look?
Wenda: Mejor que lo dejemos para más adelante, niñas.
Lilu: Vamos, tita, anímate. Te dejaremos megaimpresionante.
Lulú: Tienes que confiar en nosotras, tita Wenda.
Wenda: No sé, vosotras tenéis mucho peligro...


En otra de las terrazas, el abuelo Ernesto jugaba al póquer. Se pasaba horas jugando junto a Eddy (ex de Sus y amigo de la familia), Ricardo (el padre de Lilu y Lulú) e Ismelda (su cuidadora y confidente). Se sentaban a la mesa redonda que presidía la terraza. Era grande, con mucho espacio para jugar y colocar bebidas y comida.

Eddy: Siempre gana usted, Don Ernesto.
Ernesto: Hasta que deje de hacerlo.
Eddy: Tiene mucha suerte.
Ernesto: A quién lucha y suda, la suerte le ayuda, buen amigo.


Eddy: Pues espero que me ayude. Me gustaría tomarme otra cervecita. ¿Dónde está la criada?
Ismelda: Se llama Ann, no criada.
Eddy: Ah, pues la criada Ann.
Ricardo: ¿Estás impedido? Puedes ir tu mismo a buscar la cervecita.
Eddy: Hombre, para algo está la criada. ¿No?
Ismelda: Y para algo tiene usted piernas, ¿no?
Ernesto: Escalera de color.


Eddy: ¡Maldita sea! Pareja de dos.


Ricardo: Doble pareja.


Ismelda: Pareja de ases. Felicidades, Ernesto. Has ganado otra vez.
Ernesto: Gracias, Ismelda. Eddy, ya que vas a la cocina a por una cerveza, ¿me podrías traer una copa de vino?
Eddy: Por supuesto...
Ricardo: A mi una botella de agua con gas.
Ismelda: Y para mi un batido de cacao, por favor.
Ricardo: Con limón, si puede ser.
Eddy: Vaya, al final soy yo la chacha. 


Continuará...

miércoles, 1 de abril de 2020

Estado de alarma - Capítulo 02: Profesores, Leticia, Nino y Merche

Estado de alarma

Capítulo 02

Profesores, Leticia, Nino y Merche


Evelino era un hombre solitario. Cuando se declaró el estado de alarma, al igual que todo el mundo, se tuvo que quedar en casa. Eso no le supuso un gran trauma, pues vivía solo en su casa (de propiedad), y no era dado a tener muchas relaciones sociales. Tenía un amigo con el que hablaba alguna vez por teléfono y poco más. Su madre era la persona con la que más contacto tenía, pero se veían muy poco. Profesor de matemáticas en un instituto, tampoco era el profesor más querido ni preferido de los alumnos. Le llamaban Don Pimpón y a él le molestaba profundamente, pero nada podía hacer para impedirlo. Sus compañeros le apreciaban, pues era un click responsable, siempre amable y atento. No era dado a tener largas conversaciones ni salía con sus compañeros por ahí (lo intentaba evitar a toca costa). Tenía manías y costumbres muy particulares que siempre sorprendía a los demás. A sus 47 años seguía soltero, pero enamorado.

El despertador del móvil lo despertó de un dulce sueño. Lo apagó y cerró los ojos con la esperanza de poder seguir soñando con ella. En su sueño, Irene y él estaban en una isla, desnudos en la orilla de la playa. Estaban solos y el agua no estaba fría. El sol calentaba sus cuerpos mientras daban vueltas entre besos y abrazos. Aunque lo intentó, ya había perdido la oportunidad de seguir soñando.

Don Pimpón: Maldición.

Irene era su compañera de trabajo. El primer día que la vio se enamoró de ella. Era encantadora, simpática, inteligente y muy bella. Nunca se había atrevido a declararle sus sentimientos, pues se creía un fracasado que no tenía ninguna oportunidad con ella. Además estaba ese tal Narciso. Un chico joven y guapo que estaba interesado en ella."Es el chico perfecto", le había escuchado decir a Irene. A ella también le gustan los pepinillos en la pizza, igual que a mi, se decía pensativo. Recordaba aquel día en la pizzería. Pensaba que estaba surgiendo algo especial entre ellos.


Se había quedado dormido con el portátil encendido y todos los apuntes del trabajo sobre la cama. Se sentó y miró a su alrededor.

Don Pimpón: Es hora de levantarte, Evelino. 

Miró el móvil. Tenía muchas llamadas perdidas de su madre. Con el estado de alarma, le llamaba constantemente. 


Se estiró y se quedó pensativo. "Es el chico perfecto". Esas palabras pronunciadas por Irene se le repetían una y otra vez. Se desconcentraba cuando estaba trabajando y se sorprendía muchas veces resoplando al recordad la frase.


Don Pimpón: Qué tonto he sido. No debería fijarme en otra chica nunca más. Me tengo que sacar la oposición, ese debe ser mi objetivo. Lo demás me tiene que dar igual.

Hizo la cama con tranquilidad. Es verdad que nadie vendría a verle, pero odiaba las camas deshechas. Además, le gustaba que no quedara arrugas en la cubierta ni descuadrada.

Don Pimpón: ¡Perfecta!


Fue hasta la cocina y abrió la nevera. Una cebolla y una botella de agua con gas era lo único que había en su interior. Pensó en alguna combinación de estos dos productos para hacer de comer, pero no encontró ninguna.

Don Pimpón: Tendré que salir a comprar.

No le gustaba salir a comprar. Cuando lo hacía, le descuadraba el horario de tareas que se había impuesto.


Rosquillas todavía le quedaban. Para él era sagrado. Un café largo americano y una rosquilla para desayunar. Luego al lavabo pasados cinco minutos y como nuevo. Se preparó el café y agarró una rosquilla.

Don Pimpón: Encenderé la televisión, a ver como va el tema del clickvirus.


Llegó al comedor y tomó asiento en su sillón preferido. Encendió la tele y dio su primer bocado a la rosquilla.

Don Pimpón: Deliciosa.

Primero el bocado a la rosquilla y luego, un sorbo de café. Seguía ese procedimiento hasta terminar por completo el desayuno. En la televisión salía una reportera muy conocida, Mercedes Clická. Evelino solía decir ante los demás que no sabía quién era y que él no seguía los programas basura que presentaba, pero había sido un gran fan de Gran Click Hermano. Mercedes estaba a pie de calle, con un micrófono en la mano. Llevaba una mascarilla que le tapaba la boca y la nariz.

Mercedes Clická: Seguimos en la calle, compañeros. Me encuentro en la calle Princesa Alexia. Estamos siendo testigos de un terrible suceso. Un ciudadano ha caído al suelo, por lo visto, enfermo del clickvirus. Como ya saben todos nuestros espectadores, este virus desmonta a los clicks y si no se coge a tiempo el desenlace puede ser mortal.
Don Pimpón: ¡Córchlis!


Mercedes Clická: En todos los años de profesión nunca había visto nada parecido. De momento, el gobierno mantiene el estado de alarma, pero no se descarta que se endurezcan más las medidas.
Don Pimpón: ¿¡Más!?


Mercedes Clická: Me debo a ustedes, queridos espectadores, por eso estoy aquí, al pie del cañón. La información es de vital importancia y yo pienso encargarme de que todos ustedes sepan lo que está ocurriendo. 


Mercedes Clická: Mientras tanto, los sanitarios están intentando recomponer a ese pobre click. He de decir que la ambulancia llegó al momento. Los vecinos de la zona llamaron a urgencias cuando se percataron de lo que estaba ocurriendo.


Mercedes clická: Vamos a preguntar a los pocos ciudadanos que salen a la calle. Queremos saber cómo están viviendo esta situación. ¡Allí hay un ciudadano paseando a su perro!


Mercedes Clická: Disculpe, ¿me permite un par de preguntas?
Nino: Claro, Merche.
Mercedes Clická: ¡Nino! Perdonen ustedes, pero es mi peluquero. ¡Ay, cuanto te echo de menos! Dime, ¿cómo estás llevando el confinamiento?
Nino: Lo mejor que puedo. Salgo para pasear a mi perrita y para hacer la compra semanal, pero el resto del tiempo lo paso en casa, como debe ser en una situación así.
Mercedes Clická: ¿Crees que esto afectará a tu negocio?
Nino: Indudablemente. Aunque me reinvento, Merche. Estoy haciendo directos para enseñar trucos de peluquería y por el momento, mi canal está siendo todo un éxito.


Mercedes Clická: Gracias, Nino. Los sanitarios se llevan al pobre click desmontado. Este clickvirus es terrible. Parece que se lo van a llevar desmontado en la camilla.


Don Pimpón: Un momento...esa que está ahí...¿Es Irene? ¡Es Irene! ¿Se encontrará bien?


El corazón le dio un vuelco. Irene estaba esperando poder pasar. La ambulancia le impedía el paso hasta su casa. Llevaba dos bolsas repletas de alimentos.


Se había dicho mil veces que debía olvidarse de ella, pero no era capaz. Verla ahí, en la calle, vulnerable ante un virus tan mortal, le hizo mandar esos pensamientos al infierno. Estaba en un grupo de profesores de whatsaclick, así que entró para encontrar su número de teléfono y llamarla cuanto antes. Cuando lo metieron en el grupo, dijo hola y desde entonces, no volvió a decir nada. No solía entrar y tenía configurado su móvil para que no se descargasen fotos ni vídeos de los grupos. Llamó a Irene, pero no cogía el teléfono.


Irene: Esto es terrible. Tengo que volver a casa cuanto antes.

Los sanitarios subían la camilla con el click desmontado en ella. No parecía que se fuese a recuperar fácilmente.


Duclack, Sebastián, Pradito y Tinger salieron al balcón cuando escucharon ruido. Al ver la escena, Duclack agarró a Pradito para que no pudiese ver nada.

Pradito: Ay, no me dejas ver.
Duclack: No quiero que veas estas cosas, cariño.
Sebastián: Sí, será mejor que entremos en casa. Es hora de hacer más tortitas.
Pradito: ¡Yupi!


La ambulancia se fue a toda velocidad calle abajo. Mercedes Clická seguía informando con su inseparable cámara, Paco. Llevaban ya varios años casados y tres hijos en común.


Irene llegó por fin a casa. Su compañera de trabajo y de piso la estaba esperando en la puerta del garaje. Irene era la encargada de ir a por la compra.

Olga: ¡Irene! ¡Has tardado mucho!
Irene: ¿Lo has visto?
Olga: Sí, terrible.


Irene: Salir es toda una odisea.
Olga: Pasa, que por ahí viene alguien.

En esos momentos pasaba Sabrina. Llevaba dos horas paseando a Elvis, su perro. Ella se pasaba el confinamiento por el arco del triunfo. 


Muy cerca vivía Leticia con su madre y su hermano, Bisbi. Se había asomado a la ventana para ver lo que estaba ocurriendo en la calle. No pudo evitar derramar unas lágrimas al ver a ese click desmontado en el suelo.

Leticia: Madre, esto es horrible...
Filomena: Haz el favor de cerrar la ventana. El virus puede entrar con el viento.
Leticia: Dicen que no se contagia de esa forma.
Filomena: Ay hija mía, sigues siendo muy inocente. Cierra de una vez, anda.


Leticia se sentó en el sofá junto a su madre. Filomena había prohibido encender la tele. Solamente podían escuchar la radio y ver películas en VHS.

Filomena: ¿Estás llorando?
Leticia: Sí. Ese pobre click, ahí en el suelo...me recuerda mucho a...
Filomena: No me hables otra vez de ese. Hace ya mucho que murió, hija mía. Tienes que aprender a pasar página.
Leticia: Es que murió así, en el suelo. Me salvó la vida, madre. Se llevó una bala que debería haber sido para mi.
Filomena: Eso antes de de secuestrarte, robar en casa de los señores, atacar a la policía, secuestrar una ambulancia...¡Menudo elemento era!
Leticia: Lo sé...
Filomena: Si no llega a ser por eso, todavía estaríamos trabajando para Sus y Diamante. Ahora ninguna de las dos tenemos trabajo y con esto que está ocurriendo, no parece que podamos acceder a ninguno en mucho tiempo. No tengo ni idea de cómo vamos a pagar las facturas este mes.


Leticia: Lo sé. No puedo evitar echarle de menos, madre. Ojalá pudiese olvidarle.
Filomena: Yo te ayudaré, hija. Ahora deja de pensar en cosas tristes y vamos a ver Titanic en VHS. Prepararé unas galletas e infusión. Dile a tu hermano que baje, que está arriba jugando.


Bisbi estaba asomado a la ventana.

Bisbi: Como pille al virus ese le voy a dar una patada que ni el Chino Juan. ¡Ven a por mi, virus! ¡No eres capaz de ir a por mi!
Leticia: Hermano, vamos a merendar y ver una peli. ¿Te apuntas?
Bisbi: ¿Qué peli?
Leticia: Titanic...
Bisbi: ¡Otra vez! Prefiero ver alguna del oeste.
Leticia: Vale, por mi no hay problema. Se lo diremos a mamá.


Una vez en el interior del garaje.

Olga: Te suena el móvil, Irene.
Irene: Lo sé, lleva un rato sonando. Luego lo miraré. Por cierto, no queda pasta ni click cola cero.
Olga: ¡No fastidies! La gente arrasa con todo...


Una vez desinfectada, Irene guardó la compra en la despensa y se fue a trabajar (a su cuarto). Tenía muchas cosas que hacer. Miles de tareas que organizar, corregir y mandar. Se estaba volviendo completamente loca. La forma de contactar con los alumnos era deficiente y a veces se convertía en toda una odisea entenderse con ellos. Le dolía la cabeza (más de una vez había llegado a pensar que estaba contagiada con el virus, pero era evidente que no se trataba de eso) de tanto mirar la pantalla del móvil y el ordenador.


Echaba de menos su vida. Su trabajo, por muy estresante que fuese en ocasiones, le encantaba. Adoraba salir con sus compañeros, pasear e ir a correr por la ciudad. Aunque sus alumnos a veces eran unos trastos, se preocupaba por ellos. Deseaba volver a la normalidad, no temer por su vida ni por la de los demás.

Irene: Este es el último que corrijo por hoy, no puedo más. A ver...este es de Jorgito. Pufff, menudo desastre. Como de costumbre, no se esfuerza. Este y Manolete están aflojando demasiado.


Olga: ¡Irene! ¿Que tal vas? ¿Todavía currando?
Irene: Sí, pero lo dejo ya.
Olga: Tienes cara de cansada. Te terminará doliendo la cabeza.
Irene: Ya me duele.
Olga: No me acordé de decirte que llamó Evelino preguntando por ti.
Irene: ¿Evelino?


Olga: Sí, estaba preocupado por ti. Te vio en la tele.
Irene: ¿En la tele? No entiendo.
Olga: Por lo visto has salido en directo en las noticias, cuando se estaban llevando a ese que estaba desmontado.
Irene: ¿En serio?
Olga: Dice que te ha llamado varias veces al móvil. "No deseo molestar", ha dicho con esa forma particular que tiene de hablar. Le he dicho que le llamarás.
Irene: Es un gesto muy bonito el que se haya preocupado por mi.


Olga: En vez de una llamada, que sea un skype.
Irene: No sé...
Olga: ¡Y hacéis cibersexo! 
Irene: ¡Jajajaja!
Olga: ¡Hablo en serio! Yo llevo toda la semana haciéndolo con ese que conocí en la disco. Tiene su morbo. Con mi novio también lo he hecho un par de veces y es muy divertido. Tienes que probarlo.
Irene: No pienso hacer eso ni loca, pero le llamaré por skype.
Olga: Está por tus huesos. 
Irene: Anda ya.
Olga: Bebe de tus manos. Eso lo noto yo. Ay, ¿sabes algo del floristo devora pasteles?
Irene: Sí, me llama todos los días y hablamos un rato. Es muy agradable.
Olga: Menudo éxito tienes, compañera.


Cuando Irene le comentó a Evelino de verse por skype, se puso muy nervioso.  Pensó que el mejor lugar para verse era la cocina. La luz parecía más adecuada. No le dio tiempo a vestirse del todo. Se puso su jersey favorito y su chaqueta, pero no pudo quitarse el pijama de la parte de abajo. Se peinó y se quedó de pie frente al ordenador, esperando la llamada. Cuando sonó, su corazón latió con mucha fuerza. Cogió aire y aceptó la llamada.

Don Pimpón: ¡Irene!
Irene: ¡Evelino! Vaya, qué bien te veo. Siempre vas impecable.
Don Pimpón: Sí, ya sabes, me gusta cuidarme. Te he visto en la televisión. (maldición, no le he dicho que ella también está impecable).
Irene: Eso me ha dicho Olga. Ha sido justo cuando he ido a hacer la compra. Es espantoso, lo de ese click desmontado.
Don Pimpón: Sí, una verdadera tragedia...¡Estás impecable! (Ay, no sé si era buen momento para decirlo).


Irene: Gracias, Evelino. 
Evelino: ¿Te encuentras bien?
Irene: Sí, perfectamente. Con miedo por lo que está pasando, pero bien. ¿Y tú?
Evelino: Bien. Aquí en casa, solo.
Irene: Siento que estés solo. Estaría bien poder vernos y que vengas a casa a comer pizza.
Evelino: Con pepinillo.
Irene: ¡Exacto!


Evelino: Estoy deseando repetir pizza contigo.
Irene: Lo haremos. En cuanto esto pase, repetimos. Aunque podríamos ir a tu casa, así me la enseñas.
Evelino: Eso estaría muy bien.
Irene: Te tomo la palabra.
Evelino:  ¿Que tal con Olga?
Irene: Muy bien. Con ella no me aburro. Me hace reír con sus locuras y no me siento sola. También me llaman muchos amigos y familiares. 
Evelino: A mi me llama mi madre. Es una mujer adorable y la quiero, pero se hace extremadamente pesada.
Irene: ¡Jajajaja! Las madres son así.


Evelino: El trabajo también se hace extremadamente pesado. Algunos alumnos han conseguido colmar mi paciencia. 
Irene: Es que es muy complejo trabajar en estas circunstancias. Huy, me llaman por teléfono. Un segundo...
Evelino: Descuida.
Irene: Hola, Narciso.
Evelino: ...
Irene: Sí, ahora estoy usando el skype con un compañero de trabajo pero en cuanto termine, te llamo.
Evelino: ...
Irene: Vale, hasta luego. Perdona, era un amigo.


Evelino: Veo que estás muy solicitada. 
Irene: Es Narciso, aquel chico que conocimos cuando le compramos flores a Rosarito.
Evelino: ¿Narciso? (Hazte un poco el tonto, Evelino). ¡Ah, ahora lo recuerdo! 
Irene: Ahora somos amigos. 
Evelino: Ya veo. Bueno, será mejor que te deje (no soporto que hablen todos los días... al final se acabará enamorando de él...). Me estoy saltando el horario que me he impuesto. Ahora debería estar corrigiendo trabajos.
Irene: Ah, vale...
Evelino: Me alegra saber que estás bien.
Irene: A mi también. Tenemos que hablar más veces, si te parece bien.
Evelino: (¡Sí, Sííííííííííííííííííííí!) Sí, estaría bien. ¿Te llamo mañana a la misma hora?
Irene: ¡Genial! Pues hasta mañana. ¡Adiós!
Evelino: ¡Adiós!

Lo de Narciso había sido todo un golpe. Sabía que la llamaba todos los días y que se estaba ganando su confianza. Aunque ella misma le había propuesto hablar más veces y no estaba dispuesto a dejar escapar esa oportunidad. "Quizás tenga una oportunidad con ella", pensó mientras apagaba el ordenador.


Continuará