Dina vivía sola, con su querido gato. Aquella tarde de otoño, como prácticamente todas las tardes, se dedicaba a escribir su novela. Llevaba años escribiendo, haciendo fotos y publicando sus historias en su blog. No se ganaba la vida con ello, aunque siempre había soñado con poder hacerlo. Su trabajo como secretaria en una empresa de limpiezas era lo que le daba el sustento para vivir y pagar las facturas.
Dina: No sé si debería haberlo hecho...
Había escrito un final a su novela, algo inesperado, casi sin pensarlo. Algo en su interior había pulsado un interruptor que le había llevado a hacerlo. Amaba a cada uno de sus personajes, sin excepción. Era un final extraño, pues su protagonista, Sus, había muerto. Ella era su alter ego, la adoraba. Aunque en si vida personal no había avanzado lo esperado por la sociedad, Sus había seguido esas pautas de la manera más plena y feliz. ¿Había llegado el momento de ponerle fin a ese mundo imaginario?

Miraba la pantalla de su ordenador portátil, pensando en ello. Había homenajeado a muchos de los personajes que ya no salían en sus novelas, para al menos que todo el mundo comprobase que seguían vivos, que seguían con sus vidas. Sus había alcanzado la felicidad, junto a sus tres hijos, su marido, su familia y amigos. Era un final trágico y repentino, pero quizás mejor que el que muchos podrían soñar. Se sentía muy afortunada por todo ello. Todos aquellos con los que compartía su mundo habían seguido su camino, unidos como siempre por una amistad verdadera e irrompible. Era el momento de parar, sabía que había llegado el momento.
Se secó las lágrimas de los ojos y suspiró. Miró por la ventana. Empezaba a hacer frío y las hojas de los árboles caían inundando las calles. Estaba oscureciendo y los coches circulaban con las luces encendidas. Estaba triste por el final tan inesperado de Sus y todos sus personajes y le costaba aguantarse las ganas de llorar. Tocaron al timbre.
Dina: ¡Voy!
Cuando llegó a la cocina, encontró a su querido gato comiendo. Se llamaba Pandy, pues era blanco y con manchas negras, como un panda. Por eso el panda de Sus se llamaba Pandy.
Dina: Hola, Pandy.
Pandy: Miaoooooo.
Volvieron a tocar al timbre. Se dirigió hacia la puerta lo más rápido que pudo, consciente de que estaba distraída y llevaban demasiado tiempo esperando.
Mina: ¡Sorpresa!
Dina: ¡Mina! Qué sorpresa, por favor pasa.
Mina: Estaba empezando a pensar que no estabas en casa.
Dina: Perdona, hoy estoy algo despistada.
Mina se sentó en una de las sillas de la cocina y cogió a Pandy en brazos. El gato agradeció sus caricias restregando su carita sobre su regazo.
Mina: Vengo a despedirme.
Dina: ¿Te vas ya para Landucía?
Mina: Sí, mi tren sale en una hora.
Dina: Estoy feliz por ti. Sé que es un cambio muy grande en tu vida, pero es a mejor y eso es lo importante.
Mina: ¿Has terminado La gran aventura?
Dina: Sí.
Mina: Estoy segura que te ha quedado muy bien.
Dina: No lo sé...
Mina: ¿Estás segura de querer terminar la novela? Siempre la puedes mejorar, mira a Marian.
Dina: No estoy segura, pero siento que debe ser así.
Mina: ¿No echarás de menos a tus personajes?
Dina: Sí, a todos ellos. Sus, Wen, Pandy, Lilu, Wenda, Calabazo...a todos. Aunque ya no escriba sobre ellos, siempre los llevaré en mi corazón.
Mina: Me entristece mucho, Dina.
Dina: A mi también.
Mina abrazó a Dina emocionada.
Mina: Me siento afortunada por haber podido vivir contigo ese mundo mágico. Creo que pocos han conseguido vivir algo tan maravilloso en sus vidas.
Dina: Yo también lo siento así. No me arrepiento de cada segundo dedicado a nuestra maravillosa novela.
Dina escribió fin en la novela y le dio a publicar. Cerró el portátil y se quedó mirándolo pensativa. Sabía que una magia muy poderosa se escondía en su interior. La notaba apegada a su alma, a su corazón. Quizás algún día conseguiría que volviese a resurgir.
Mina: ¿Nos vamos? Todavía tenemos que llegar a la estación y quiero llegar con tiempo.
Dina: Sí, vamos.
Se aseguró que Pandy estuviese cómodo y tranquilo, y abrió la puerta para salir de casa.
Dina: Pandy, sé bueno.
Miró por última vez su casa, antes de cerrar la puerta. El fin escrito en su novela le dolía, pero la decisión ya estaba tomada. Debía cerrar los ojos a esa vida inventada, a esa realidad que tanto le gustaba y dejarla atrás.
Cerró la puerta y se marchó. Había terminado un maravilloso episodio de su vida, una novela que le había acompañado durante años, haciéndole feliz. Seguiría pensando en sus personajes, en el triste final de Sus, en cómo lo habrían superado todos los que la querían. Quedan muchas preguntas en el aire que quizás algún día, obtengan su respuesta. Hasta siempre, amigos.
FIN