domingo, 5 de agosto de 2018

Vacaciones en el mar - Capítulo 20: Cuestión de supervivencia

Renzo y sus amigos subieron a cubierta para estar a solas. Habían cenado mucho y bailado hasta no poder más. Emma y Willy estaban sentados en el suelo, observando las gigantescas nubes que cada vez estaban más cerca. Muchísimos relámpagos lo iluminaban todo de vez en cuando. Kimberly se acostó sobre Renzo, que estaba tumbado sobre una hamaca.

Emma: Me gustan las nubes y las tormentas. ¿Crees que soy rara por eso?
Willy: Claro que no. A mi también me gusta la lluvia y las tormentas.
Emma: En mi pueblo no suele llover mucho. Es un poco secano. Por eso cuando llueve, es toda una fiesta para mi. A mi amiga Flavia sin embargo, no le gusta la lluvia. Aunque cuando llueve, siempre la convenzo para ir a saltar sobre los charcos. 
Willy: Algún día me gustaría conocer tu pueblo y tus amigos.
Emma: Flavia te caería genial. Es mi mejor amiga. Aunque últimamente nos vemos poco...
Willy: ¿Estáis enfadadas?


Emma: No...es que...no quiero ponerte triste.
Willy: No te preocupes, puedes contarme lo que quieras.
Emma: Hace un año enfermé. Estuve meses en el hospital, a punto de morir.
Willy: ¿Que te pasó?
Emma: Es mi corazón, Willy. Falla, no está bien. Ahora tengo un marcapasos, pero no debo hacer grandes esfuerzos. Mi abuela no quiere que haga prácticamente nada, me tiene confinada en casa sin salir y falto mucho al instituto. La Ramona, una de mi clase, dice que aproveche, que me queda muy poco de vida con un corazón tan débil como el mío.
Willy: ¡Eso es mentira! No te queda poco, no le hagas caso.


Emma: Yo quiero hacer cosas, pero me da un poco de miedo. Mi abuela siempre me regaña cuando monto a caballo o bailo en las fiestas de mi pueblo. Pero si no hago lo que me gusta, ¿merece la pena vivir? Pienso que si me voy a morir pronto, que por lo menos pueda disfrutar un poco.
Willy: No pienses así, no te vas a morir. Ahora tu corazón está controlado y no te pasará nada.
Emma: Entre la tonta de la Ramona y mi abuela, que no me deja hacer nada, estoy amargada y ya no sé que pensar. Mira tu tía, se va a casar siendo ya mayor, feliz...yo quiero eso, poder llegar a ser vieja y vivir cada momento.


Kimberly: Y por eso no quieres besar a Willy. Piensas que te vas a morir y no quieres tener novio.

Willy enrojeció y Emma la miró sorprendida.

Emma: Pues...
Kimberly: Vive la vida, Emma. Me puedo morir yo antes que tú, no hay nada escrito. ¡Willy es un buen chico, tonta!
Emma: Kim, mejor dejemos este tema...
Kimberly: Mira los carcas de antes, con perdón de tu tía, Willy. Pero son vejestorios que viven sus últimos momentos de vida dejándose llevar. Ellos saben que se van a morir pronto, son muy viejos, pero no les importa. Se casan igualmente.
Willy: No se van a morir pronto.
Kimberly: ¡Pues claro! ¿Cuantos años tienen? Por lo menos unos 95 años.
Willy: ¡No tienen tantos!
Kimberly: Da igual. Lo que quiero decir, es que si unos viejos que les da igual hacer el ridículo delante de todo el mundo viven cada instante de sus vidas, tú también puedes.


Renzo se levantó y se sentó un poco a parte. Las palabras de Kimberly no le habían gustado nada. No veía las cosas de la misma forma.

Renzo: Declarar su amor y casarse no es hacer el ridículo.
Kimberly: Un poco sí, cariño. Que se declaren su amor, pero no delante de todo el mundo. Si son mis abuelos, me daría vergüenza. 
Emma: A mi me parece bonito. No estoy de acuerdo contigo, Kim. El amor nunca es ridículo, ni a los veinte  ni a los cuarenta.
Willy: Ni tampoco declararse ante todo el mundo. 
Kimberly: Ay, pues a mi no me gusta ver a los viejos haciendo esas cosas.
Renzo: Algún día seremos viejos.
Kimberly: Puff, para eso quedan siglos.


Mientras, Lucía encontró a Renzo asomado por una barandilla. Miraba las olas moverse de un lado para otro.


El viento era cada vez más intenso y las olas movían  el barco con fuerza. Lucía se acercaba a Elliot con delicadeza.

Lucía: ¿Podemos hablar?
Elliot: Tú no eres mi madre.
Lucía: Ni pretendo serlo, pequeño. Sé lo mucho que amas a tu madre y que la echas de menos. Yo no voy a sustituirla, Elliot.


Elliot: Mi padre está traicionando a mi madre contigo. ¡Ella estará llorando en el cielo!
Lucía: Tu mamá no estará triste, todo lo contrario. Ella querría que tu padre fuese feliz, y que encontrase a alguien que lo quiera de verdad. No le gustaría la idea de que tu padre esté solo para siempre.
Elliot: No está solo, me tiene a mi.
Lucía: Pues claro, pero tú crecerás y encontrarás el amor. Tu padre estará solo para siempre, sin que nadie le quiera y lo cuide. Eso no es justo, ¿no te parece?
Elliot: No...


Elliot se puso a llorar desesperadamente. Miraba al cielo enfadado.

Elliot: ¡Mamá! ¿¡Porqué me has abandonado!? ¡¡Yo quiero estar contigo!!
Lucía: Elliot, cuidado.


El barco dio una sacudida con una ola muy grande y Elliot perdió el equilibrio. Se agarró a la barandilla, pero estaba a punto de caer al agua.

Elliot: ¡Ahhhh! ¡Socorroo! ¡Que me caigo, que me caigo!
Lucía: ¡Aguanta! ¡Dame la mano!
Elliot: ¡Me estoy cayendo! ¡Ahhhh!


Elliot cayó al agua sin que Lucía pudiese evitarlo. Las olas lo engulleron y desapareció.

Lucía: ¡¡Ellioooooooot!!


Beatriz estaba decidida. Tenía que separarse, alejarse de Ignacio. Su prioridad era su hija, que no sufriese con todo esto. Lo primero que tenía que hacer era tirar todas las cosas de su marido fuera del camarote o directamente a la basura. Seguía llorando pero una fuerza que desconocía que tenía, le daba las energías necesarias para seguir luchando.


El hombre misterioso la vio pasar y se detuvo. Beatriz llevaba el mismo peinado que Carlota y las dos vestían de una forma parecida. 

Hombre Misterioso: ¡Ahí estás!


Corrió tras ella para darle alcance. Beatriz corría, pero no estaba huyendo de él. Corría para llegar cuanto antes al camarote, deshacerse de todo lo que perteneciese a su marido y encerrarse para poder llorar.

Hombre Misterioso: ¡No huyas más!


Disparó y una bala la alcanzó. Beatriz sintió un dolor intenso en el brazo y cayó al suelo dolorida. No entendía que le estaba ocurriendo.

Hombre Misterioso: Por fin te tengo, vieja.

Carlota estaba escondida y vio toda la escena. La había confundido y estaba a punto de asesinar a una clack inocente. Tenía que impedirlo.


Beatriz: ¡Elliooot! ¡Socorro!
Emma: Huy, ¿de dónde vienen esos gritos?
Renzo: Provienen de aquella zona.
Willy: Alguien está pidiendo ayuda.
Renzo: ¡Vamos!


Lucía sabía que cada segundo era vital para poder salvar a Elliot. Sin dudarlo, se lanzó al agua para intentar rescatarlo.


El agua estaba tan fría que le dolía todas las articulaciones. Sentía como si le estuviesen clavando miles de agujas en la cabeza. Pudo ver a Elliot no muy lejos de ella, intentando mantenerse a flote.

Lucía: ¡Elliot!
Elliot: ¡Lucía! ¡Ayúdame! 


Renzo y sus amigos llegaron justo en el momento en el que Lucía se lanzaba al agua. Al ver la escena, se pusieron muy nerviosos.

Renzo: ¡Es Elliot! ¡Ha caído al agua!
Kimberly: ¡Y alguien más!
Willy: ¡Tenemos que pedir ayuda!


Renzo: ¡No hay tiempo! Yo sé nadar perfectamente.
Kimberly: ¿Estás loco? ¡Que se tire otro al agua!
Renzo: ¡Tengo que ayudarle! Se lo debo.
Kimberly: ¡No lo hagas!


Willy: ¡Es peligroso, Renzo!
Kimberly: Si de verdad te importo, no te tirarás. Deja que lo rescate otro. ¡Puedes morir!
Renzo: Se está ahogando, Kim. No pienso quedarme de brazos cruzados.
Emma: ¡Ya nos los veo! ¡Han desparecido!


Renzo se lanzó al agua entre las protestas de Kimberly y sus amigos. Willy cogió un salvavidas y se preparó para lanzárselo a su amigo.

Kimberly: ¡Renzooo!
Emma: ¡Cada vez hay más olas!


Willy: ¡Mira, está ahí! ¡Renzooo!
Kimberly: ¡Si se muere no voy al entierro!
Emma: ¡Voy a buscar ayuda!

Renzo era un excelente nadador, así que conseguía mantenerse a flote.  El mar estaba cada vez más bravo y sus fuerzas estaban empezando a flojear. Recordó todas las clases de natación que le impartió su padre y las aplicó. Vio a Elliot no muy lejos y nadó en su busca.


Renzo: ¡Aguantaaa!

Elliot se estaba ahogando y ya no tenía fuerzas para seguir luchando.


En la sala de fiestas, Wenda y Duclón bailaban pegados.

Wenda: Tengo un mal presentimiento.
Duclón: ¿Qué ocurre?
Wenda: ¿Dónde están los niños?
Duclón: No lo sé...
Wenda: Mira el tiempo que hace. Parece que se acerca una tormenta. 


Emma trajo al Capitán y a Leire. Miraban aterrorizados a Renzo nadando hacia el salvavidas y Elliot agarrado a su cuello.

Capitán Miller: ¡Es mi hijo! ¡Agarra el salvavidas, muchacho!
Willy: ¡Vamos, Renzo! ¡Tú puedes!


Renzo consiguió agarrar el salvavidas. Colocó a Elliot en su interior y le pidió que se agarrase fuerte.

Elliot: ¡Renzo! Me has salvado...
Renzo: Sí...creo que sí...
Capitán Miller: ¡Aguantad, ahora mismo os subimos! 


Elliot: Gracias, amigo.
Renzo: Hasta que no estemos a bordo, no me des las gracias.


Sinéad caminaba nerviosa por los pasillos. Eros intentaba tranquilizarla, pero le estaba costando. Vieron a Blas y Caitlyn juntos, muy acaramelados. 

Sinéad: Necesito tomar aire. Me comería a ese click sin pensármelo dos veces. Su aura es oscura como el carbón.
Eros: Vamos a la cubierta, allí te encontrarás mejor.


Sinéad: Parezco una neófita. 
Eros: Eso me gusta.
Sinéad: A mi no...
Eros: Vamos, que me parece que se avecina una tormenta. Con lo que te gustan, seguro que te relaja.
Sinéad: Vale.


Blas empujó a Caitlyn sobre la cama y se tiró encima. Ella le sonreía sorprendida, aunque también un poco preocupada.

Caitlyn: Vas muy rápido, guapo.
Blas: No aguanto más, te deseo.

Blas le besaba en el cuello y le lamía la oreja.

Caitlyn: Quizás esto es un error...
Blas: Esto no es un error, Caitlyn. Eres lo único bueno que me a pasado en este barco. Ni mis amigos son ya de fiar.


Caitlyn: ¿Estás seguro de querer hacer esto?
Blas: Completamente seguro. ¿Y tú?
Caitlyn: Te deseo, pero quizás...sea demasiado precipitado.
Blas: Dejemos de hablar y que nuestros cuerpos decidan por nosotros.


Caitlyn: Un momento, fiera. Deja que primero me arregle un poquito. Ponte cómodo, en seguida vuelvo.
Blas: No tardes o me dará algo.


Blas se desnudó a la velocidad de la luz y se metió entre las suaves sábanas de seda. Caitlyn no tardó en aparecer. Llevaba puestas unas braguitas negras de encaje y nada más. Sus pechos al descubierto, enloquecieron a Blas.

Blas: Estás tremenda.

Caitlyn le sonrió coqueta.


Subió a la cama y se acercó a él. Blas no tardó en pegarse a ella como una lapa y disfrutar de su cuerpo. Caitlyn se dejaba llevar por el deseo y las ansias por ser amada.

Blas: ¡Eres perfecta!


Blas envolvió a Caitlyn con las sábanas y se tumbó sobre ella. La besaba por todas partes, disfrutando su cuerpo como si de un manjar se tratase. Ella había perdido el control sobre si misma, solamente quería disfrutar y olvidarse de todo.


De pronto, Blas pegó un grito y se alejó de ella asustado. Parecía como si hubiese visto un fantasma. Tenía la cara pálida y los ojos muy abiertos. Caitlyn lo miraba preocupada.

Blas: Eres un tío.
Caitlyn: Blas, no soy un hombre. Soy transexual, aunque de momento no quiero terminar el proceso. Pensaba que lo sabías, la canción que canté en mi show era una pista que pensaba habías captado.


Blas: ¡Eres un tío!
Caitlyn: Sabía que todo esto era un error. Debí seguir mi instinto. Pensaba que eras diferente, que lo entendías y lo aceptabas.
Blas: ¡Yo no soy mariquita!
Caitlyn: Yo no he dicho eso. Será mejor que te marches inmediatamente. 


Blas: ¡Me has engañado, mariquita!
Caitlyn: ¡Vete de mi camarote!

Blas la abofeteó y Caitlyn cayó contra el suelo. Se golpeó la cabeza contra la madera de la cama y gritó de dolor.

Caitlyn: ¡Ahhh!
Blas: Voy a darte una paliza, pervertido. 


Blas le empezó a dar patadas y puñetazos. Caitlyn intentaba protegerse pero los golpes llegaban de todas partes. Las costillas, la cara, el cuello, las piernas...Blas le golpeaba en todas partes.

Caitlyn: ¡Bastaaa!
Blas: ¡De mi no se ríe nadie!


En los pasillos, Ignacio se encontró al Hombre Misterioso, que estaba apuntando a Beatriz, que yacía en el suelo herida.

Ignacio: ¡Ey, amigo! ¡No me dispares!
Beatriz: Ignacio...
Ignacio: ¿Estás bien?
Hombre Misterioso: ¿La conoces?
Ignacio: Es mi mujer.


El asesino le apuntó con el arma. Ignacio levantó los brazos en señal de rendición. No se había vestido, por lo que solamente llevaba puestos sus ridículos calzoncillos.

Ignacio: ¡No me mates, por favor!
Hombre Misterioso: Mientes, esta mujer no está casada.

Carlota observaba la escena aterrorizada. No podía permitir que matase a más inocentes.

Ignacio: Mira, podemos hacer un trato. Yo me marcho y hago como si no hubiese visto nada. Te la puedes cargar, me ha pillado con mi amante y el divorcio me iba a salir muy caro.
Hombre Misterioso: Lo siento, pero ya eres un testigo.


Carlota: ¡Detente! Te has confundido. 
Hombre Misterioso: ¡Maldita sea! Entonces, ¿quién es esa?
Carlota: Te has confundido...Deja que se marchen, me quieres a mi.
Beatriz: Me duele el brazo...


Carlota ayudó a Beatriz a sentarse.

Hombre Misterioso: Tiene narices, sois como dos gotas de agua.
Carlota: ¿Se encuentra bien?
Beatriz: Creo que sí.
Hombre Misterioso: Tengo que mataros a los tres. Esto es por tu culpa, Carlota. Deberías haberte entregado hace mucho tiempo. Todos esos policías y las personas que te han querido ayudar han muerto por tu culpa. Ahora, estos dos morirán también.
Ignacio: Por favor, deja que me marche. No diré nada.
Beatriz: Desgraciado...
Carlota: Deja que se marchen, por favor.
Hombre Misterioso: Lo siento, es cuestión de supervivencia.

El asesino, apretó el gatillo de su arma, y disparó.


Continuará...

sábado, 4 de agosto de 2018

Vacaciones en el mar - Capítulo 19: Balas

Malena: Seguimos con nuestro show y ahora de la mano de una DJ internacional. Su forma de pinchar es única y muy personal. 

Alicia: Ahora o nunca...allá voy.


Alicia: ¡Un momento!
Malena: ¿Ocurre algo, señorita?
Alicia: Por favor, necesito decir algo importante.
Malena: Vaya, estamos teniendo una noche de confesiones muy apasionante. Suba y explíquese. 


Cecilia: ¿Esa no es tu chica?
Izan: Sí, no sé que está haciendo.

A Izan todo eso de declarar su amor en público no lo llevaba nada bien. Se estaba encogiendo en el asiento, intentando pasar desapercibido. 

Cecilia: Parece desesperada...


Alicia: No soy dada a estas cosas, pero la situación lo requiere. He metido la pata. Sí, he metido la pata hasta el fondo con el chico al que amo. Le he dado de lado durante todo este viaje y encima, le he acusado de tontear con otras...
Público: Ohhh. Malo malo. Pobre hombre. 


Alicia: Quiero decirte ante toda esta gente, que te amo. Que soy una tonta de remate y que he metido la pata. Puede que esto no sirva para nada, pero al menos sabrás que lo siento y que necesito que me perdones. Mira, aquí tengo el ordenador de la empresa.


Todo el mundo se sorprendió cuando Alicia tiró el ordenador al suelo y saltó encima. Empezó a saltar una y otra vez hasta que quedó inservible. 

Alicia: Se acabó el trabajo. Te prometo estar más por ti y compensar el tiempo perdido.


Cecilia: ¿Está loca?
Izan: Sí, esa es mi chica loca.

Se levantó y fue hasta ella. Cuando lo vio venir, le entró el pánico. A lo mejor todo aquel numerito no había servido para nada, pero al menos lo habría intentado.

Izan: Estás loca.
Alicia: Lo sé.
Izan: Quiero besarte.
Alicia: Pues sube aquí.


Izan subió al escenario y se besaron. Todos aplaudieron la reconciliación, incluso Cecilia. Le gustaba Izan, pero lo último que quería hacer era inmiscuirse en una relación y que sufriesen por su culpa.


Cecilia bebió un trago de su cóctel y suspiró.

Cecilia: ¿Cuando me llegará el amor?


Caitlyn fue en busca de Blas. Seguía en su asiento, observando a la pareja besarse sobre el escenario. Cuando vio a Caitlyn acercarse, se puso nervioso.

Caitlyn: ¿Y bien? ¿Te ha gustado mi actuación?
Blas: Mucho. Has estado estupenda y muy sexy.
Caitlyn: ¿Te apetece dar un paseo?
Blas: Claro que sí.


Blas se pegó a ella como una lapa y le habló al oído.

Blas: Me gustas mucho.
Caitlyn: Y tú a mi, pero deberíamos ser solamente amigos. Lo nuestro es un imposible.
Blas: Tonterías. No me digas que no sientes la misma química que siento por ti. Nos hemos encontrado en este universo infinito y es nuestra obligación estar juntos.
Caitlyn: No sé, Blas. ¿Te gustó la canción?
Blas: ¡Pues claro! Es una canción fascinante y especial. Estoy loquito por ti. Busquemos un sitio tranquilo.
Caitlyn: No sé...
Blas: Yo sí sé. Déjate llevar y olvida todos tus miedos.


Sinéad se levantó de su asiento nerviosa. Eros intentaba tranquilizarla.

Eros: ¿Estás bien?
Sinéad: Necesito tomar el aire. Aquí hay demasiados clicks juntos y...
Eros: Lo sé...
Sinéad: Eros, no quiero hacer daño a nadie. No quiero ser un monstruo.
Eros: ¡No eres un monstruo!



Sinéad salió corriendo. No aguantaba ni un segundo más en aquella sala. 

Eros: ¡Shiny!
Sinéad: ¡No quiero hacer daño a nadie!


Duque veía a Lilu sentada, mirando con tristeza a Alicia e Izan besándose. Decidió acercarse, aunque sabía que no era una buena idea. Le daba pena verla así.

Duque: Lilu, ¿estás bien?
Lilu: No.
Chino Juan: Señolita llola mucho. Mal de amoles.


Duque: No creas que soy de piedra. Me duele verte así.
Lilu: Ya.
Chino Juan: Yo tenel técnica pala el mal de amoles. Patada aliba, patada abajo, subil blazo izquieldo y luego, mente en blanco. Sel bueno pala colazón.
Duque: Sé que a lo mejor este no ha sido el mejor momento para romper, pero sabes muy bien que no se podía alargar más.
Lilu: Claro, justo en mitad de nuestras vacaciones. No puedes venir aquí y...hacer como si nada...

Intentaba aguantarse las ganas de llorar, pero le era imposible.

Lilu: Con lo que yo te quiero...me has tirado a la basura como un trapo sucio.
Duque: Eso es injusto, Lilu.
Lilu: No vengas aquí para justificarte y sentirte mejor. Me has destrozado el alma, a mi, a la clack que más te ama en este Playmundo.


Duque: Yo...
Lilu: Tranquilo, desapareceré de tu vida para siempre. Siento haber sido un incordio para ti todos estos años. Soy insufrible, lo sé. Ya puedes buscarte a otra. Ahora sé que el amor es una farsa, que todo es mentira. Voy a vivir sola para siempre, nadie volverá a hacerme daño.
Duque: ¡Lilu!

Lilu se marchó llorando a su camarote. Se encerraría allí dentro lo que quedaba de viaje.

Chino Juan: Ese mal de amoles sel muy fuelte...no podel culal ni yo.


Carlota y Donato llegaron a una sala oscura, con tubos por todas partes. Algunos de ellos despedían mucho calor.

Donato: Viene por ahí.
Carlota: Deberías huir, solamente me busca a mi.
Donato: No pienso dejarte sola.
Carlota: ¡Rápido escóndete!


El hombre misterioso llegó a esa sala. Miraba las tuberías en busca de Carlota y Donato. En una zona muy oscura, vio a alguien escondido.

Hombre Misterioso: Te pillé.


Carlota estaba aterrada. Había llegado el momento que tanto había temido. Debía enfrentarse a la muerte. Aquel hombre le dispararía y acabaría con su vida como el que pisa una cucaracha. Lo haría sin vacilar, sin remordimientos. 


Apuntó su arma en su dirección. Sabía que la había descubierto. No tenía escapatoria.

Carlota: Eres un asesino despreciable. Irás al infierno.
Hombre Misterioso: Es posible, pero tú irás al fondo del mar.


Cuando se disponía a disparar, Donato se interpuso. Agarró su brazo en un intento de arrebatarle el arma. Carlota lloraba temiendo por la vida de Donato, que luchaba con todas sus fuerzas.


El hombre misterioso cayó al suelo pero sin soltar el arma. Donato y Carlota aprovecharon el momento para escapar de nuevo.

Hombre Misterioso: ¡Os atraparé!


Llegaron a un almacén y se escondieron tras unas maletas.

Donato: Así que no te llamas Carmen.
Carlota: No. Lo siento, no me fío de nadie y no quería que salieses herido por mi culpa. Todos los que se acercan a mi, mueren.
Donato: De momento sigo vivo. Me gusta Carlota, es un nombre bonito.
Carlota: A mi me gusta mucho más Carmen. Como la famosa Carmen Clickores. No sé ni cómo puedo pensar en estas cosas...estamos a punto de morir.
Donato: Ahora entiendo que estuvieses tan triste.


Carlota: Gracias por seguir a mi lado...a pesar de todo. 
Donato: Si salimos de esta, te llevaré a Bokiang Liao. 
Carlota: ¿Lo prometes?
Donato: Lo prometo. Siempre cumplo mis promesas.


Carlota: Ahí vuelve...

El hombre caminaba lentamente. Sus zapatos de vestir de marca, sonaban con cada paso. El silencio reinaba en aquel almacén.

Hombre Misterioso: Sé que estáis escondidos aquí. Caballero, usted puede marcharse. Le prometo que no sufrirá ningún daño. Solamente la quiero a ella.


Donato empujó un pila de cajas con ropa y estas cayeron sobre el hombre. Este gritó sorprendido y de nuevo, cayó al suelo.


Donato intentaba quitarle la pistola, pero era muy fuerte.

Carlota: ¡Cuidado!


El hombre misterioso empujó a Donato y este se golpeó la cabeza con una de las cajas. Se disponía a disparar contra él, pero Carlota se interpuso y le empujó. 


Forcejeó con él y cuando vio que ya había perdido el interés en Donato, salió corriendo.

Hombre Misterioso: ¡Maldita vieja!


La siguió disparando su arma contra ella. Corría por los pasillos desesperada, intentando esquivar las balas. Por suerte, ninguna la alcanzó, pero eso podía cambiar en cualquier momento. 


Continuará...