domingo, 23 de octubre de 2022

Nunca le olvidaremos

Viajaban en la limusina de Ernesto. Sentados en el lujoso vehículo, permanecían en silencio, pensando. Cada uno de ellos sufría por dentro. El dolor era inmenso, diferente, un dolor que nunca antes habían padecido. Era tan desgarrador e incontrolable que no podían evitar suspirar, llorar o cerrar los ojos con fuerza.


Edwan, el chofer de confianza de Ernesto, era el encargado de conducir la limusina. Era un hombre educado y profesional. En aquellas circunstancias le costaba guardar las apariencias. Estaba triste y sin ánimos para hablar. Normalmente le gustaba charlar animadamente con los demás, pero era incapaz de entablar una conversación demasiado larga.

Edwan: Estamos llegando al cementerio.


Sentados en los asientos de atrás se encontraban Sus, Wenda, Lilu y Wen. Todos vestían de negro, pues estaban de luto. Ernesto se había marchado para siempre entre terribles dolores, a pesar de los cuidados de todos ellos y de la medicina más actual. Sus había cuidado de su abuelo con toda su alma, luchando para que pudiese vivir un poco más. Sabía que el final para él era inminente y que nada podía hacer para evitarlo, pero no se quiso rendir en ningún momento. Le ayudó cada día, sin pensar que quizás fuese el último para Ernesto. Se entregó en cuerpo y alma en su cuidado, haciendo cosas que jamás pensó que sería capaz de hacer, pero el amor por él era tan inmenso, que no existió barrera que le impidiese estar a su lado. No quiso separarse. Tanto fue así que cuando falleció, estaba junto a él. Se despidió mil veces, esperando que pudiese haberle escuchado y que se fuese en paz. 

Sus: Gracias, Edwan.


Wenda amaba a su padre con locura. Cuando la enfermedad se presentó de repente, golpeando sus vidas con violencia, no supo encajar el golpe. Asimilar esa terrible enfermedad le costó muchísimo. Se negaba a aceptar que no había nada que se pudiese hacer por él. Su padre estaba terriblemente enfermo y no había nada en el mundo que lo pudiese sanar. Nunca había lidiado con una enfermedad tan cruel y se vio sorprendida por un dolor mucho más intenso que el que pueda vivir uno en su propia piel. Un ser querido, al que amas tanto, está viviendo un infierno y tienes las manos atadas. Eso fue lo que más le costaba sobrellevar. Aunque al igual que Sus, no se escondió ni se dejó llevar por la pena. Agarró el todo por los cuernos y luchó por el bienestar de su padre. Lo ayudó hasta el final, dejando todo lo demás a un lado. Sabía que había hecho todo lo que pudo por él y se sentía tranquila en ese aspecto.

Wenda: Me escuecen los ojos de tanto llorar. 
Sus: Yo tampoco consigo dejar de llorar, mamá.
Wenda: Le echo de menos...


Lilu: Yo también, tita.

Hacía ya una semana que Ernesto fue enterrado en el cementerio de Wensuland. Acudieron todos los familiares, allegados y amigos de la familia. Allí se reunieron incluso algunos viejos conocidos. Nadie quiso faltar para dar apoyo a la familia y despedir a Ernesto como se merecía. Fue una ceremonia muy emotiva e inmensamente triste. 

Wenda: No puedo concebir que no lo volveré a ver nunca más. Hemos estado toda la vida juntos. Necesito verle, hablar con él y abrazarle, al menos una vez más.
Lilú: Ay tita, ¡le echo mucho de menos!


Lilu se puso de nuevo a llorar. Wenda le agarró la mano y le apretó con cariño. 

Wen: La vida es una mierda.
Wenda: A veces es tan cruda y despiadada que cuesta entederla.
Wen: ¿Qué sentido tiene? El abuelo no se merecía esto. No entiendo que se haya tenido que morir, y más de esta forma. No es justo. La vida es una mierda.


Lilu: Lo importante es que estuviste a su lado, primo. Hiciste todo lo que pudiste por el abuelo. Eso lo verá desde el cielo y seguro que te lo agradecerá.
Wen: No creo que me esté viendo desde ningún sitio. Eso son tonterías.
Lilu: Wen...
Wen: Perdona, Lilu. Es que...
Lilu: No te disculpes. Te entiendo.


Edwan: Ya hemos llegado. Esperad, que les abro la puerta.
Wen: No es necesario, Ed.
Edwan: Es mi trabajo, no es molestia.


Edwan abrió la puerta y fueron saliendo de la limusina. Visitar a Ernesto tras pasar una semana de su muerte era algo doloroso, pero tenían la necesidad de hacerlo. No todos eran capaces de volver al cementerio y enfrentarse de nuevo a esa terrible realidad, por eso aquel día fueron los cuatro solos.


Edwan: Yo les esperaré aquí.
Wenda: Gracias Ed.
Edwan: Si hay algo más que pueda hacer, no tienen más que decírmelo.
Sus: Eres muy amable. No te preocupes, estaremos bien.


Era un cementerio muy bien cuidado, con flores, árboles y naturaleza alrededor. A pesar de su extraña belleza, sobrecogía. El dolor que brotaba por cada uno de sus rincones inquietaba a todo aquel que lo visitaba. 


Una mujer vendía flores en la puerta. Todas eran preciosas y Sus se acercó para comprar una rosa blanca. Era la flor preferida de Ernesto. Sus eligió la que le pareció la más bella de todas.


La vendedora la felicitó por la elección. Le sonrió, consciente de que para Sus no era precisamente un buen momento. Pasaban tantos clientes desolados por la perdida de un familiar que conocía muy bien el dolor que reflejaba la mirada de Sus.


Wenda: Es preciosa, hija.
Wen: Al abuelo le habría gustado.
Lilu: Es una rosa muy cuqui.


Entraron al cementerio con el corazón sobrecogido. Todo lo vivido días atrás en el entierro volvía a sus mentes. Eran como puñales que se clavaban en el alma sin compasión.


Era imposible no leer las lápidas que se encontraban por el camino. Una mujer fallecida hacía más de veinte años, un niño, un amante de las motos, una familia al completo...algunas de esas personas hacía tanto que habían fallecido que nadie cuidaba sus lápidas ni les ponían flores. Era triste y desgarrador. Todo eso les hacía pensar en el sentido de la vida.


Sus reconoció a Leticia. Estaba frente a la tumba de su madre, con una flor en la mano. Lloraba y parecía que hablaba con el viento. Seguramente le estaría contando a su madre lo mucho que la echaba de menos.


Sus pudo leer algunas frases en las lápidas que le llamaron la atención.

"Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, una es suficiente".
"La muerte es una tediosa experiencia; para los demás, sobre todo para los demás".
"No quiero morir sin cicatrices".


Wen miró alrededor y por muy poco no salió corriendo de aquel lugar. El ambiente le oprimía el pecho. Las personas que caminaban por allí tenían la mirada perdida. Cada una de ellas habían perdido alguien al que amaban y seguían luchando con ese dolor.


Se controló, pensando en su madre, Sus y Lilu. Debía estar junto a ellas en un momento tan duro como ese. Tragó saliva y siguió caminando. 


Por fin llegaron ante la tumba de Ernesto. Estaba ubicada en un lugar junto a los árboles y flores. Debías subir unas escaleras que daban a un precioso portal de piedra. Allí yacía Ernesto, con una preciosa corona de flores blancas. Todos guardaron silencio con lágrimas en los ojos.


En aquel lugar frío y oscuro estaba Ernesto. Ya no necesitaba nada. Después de todos los cuidados del mundo, vigilando cada milímetro de su cuerpo, la medicación exacta que debía tomar y el amor más incondicional de todos, ese había sido su final. Sus sentía impotencia por no haber podido arrebatárselo a la muerte.


Wenda acarició las flores blancas de la corona. Ella misma las había elegido y no sabía muy bien cómo. Todo lo que había ocurrido durante todo el tiempo que Ernesto enfermó y su fallecimiento le parecía una pesadilla de la que no podía despertar.

Wenda: Papá, estoy aquí. No sabes lo mucho que te echo de menos. No concibo no volver a verte nunca más. 

Intentaba reprimir las ganas de llorar, pero le era totalmente imposible.

Wenda: Tu lugar esta con nosotros, en tu casa. Podrías haber vivido más tiempo, papá. ¿Quién decide de forma tan injusta que ya no puedes estar con tu familia? No es justo. Eras un hombre bueno. Siempre fuiste un padre excepcional, maravilloso. No puedo estar más agradecida por todo lo que hiciste por mi. Gracias por darme tanto. Te echaré de menos el resto de mi vida.


Lilu solamente podía llorar. Wen intentaba calmarla, aunque también se encontraba mal. Consolar a Lilu le alejaba un poco de su propio dolor, y es justo lo que en ese momento necesitaba. Hacerse el fuerte ante los demás, esconder su dolor hasta que no pudiese más.

Wen: Estoy contigo, Lilu.
Lilu: ¡El abuelo no debería estar ahí! Debe estar oscuro, Wen. Está solo y seguro que tiene frío...
Wen: Él ya no siente nada, Lilu. Ahora descansa y ya no sufre ningún dolor.
Lilu: Ay Wen, no soporto esta pena...


Sus se acercó para depositar la flor que había comprado sobre la tumba. 

Sus: Abuelo, soy yo.


Sus: Te he traído esta rosa blanca. Sé que es tu favorita. No sé si me estarás escuchando desde algún lugar. Me gustaría pensar que sí. 


Rompió a llorar empapando la tumba de lágrimas.

Sus: Por favor, no me abandones. No quiero aceptar que ya no volveré a verte.


Se intentó tranquilizar. Se secó las lágrimas con la manga de su vestido.

Sus: Te has ido y todo sigue igual para el mundo. El mundo debería saber que se ha ido un hombre excepcional, irrepetible. 


Wen dejó a Lilu con Wenda y fue con Sus. La abrazó y los dos lloraron frente a la tumba de Ernesto. 

Wen: Sus, vamos a intentar calmarnos. Al abuelo no le habría gustado vernos así.


Sus: No puedo, Wen. Soy incapaz de animarme.
Wen: A mi también me está costando mucho. Le echo de menos y solamente ha pasado una semana. 
Sus: No quiero imaginar cuando pasen los meses...


Wen: Será muy duro, Sus. 

Ambos se quedaron en silencio, pensativos. Habían dejado de llorar y estaban algo más tranquilos. 


Estuvieron un tiempo allí, llorando y mirando pensativos su tumba. Wenda decidió que ya era suficiente. Aunque necesitaba estar frente a la tumba de su padre, era el momento de marcharse.


Acarició la tumba y la besó.

Wenda: Debemos irnos, papá. Siento que te tengas que quedar aquí. No te preocupes, volveré en cuanto pueda. Tendrás que darme un tiempo, esto es muy doloroso para mi. Te quiero.


Wenda quiso entrar en una pequeña iglesia situada en el mismo cementerio. Quería rezar y que la paz que se respiraba en un lugar sagrado la ayudase a calmarse. Todos la acompañaron.


Tomaron asiento en los bancos de madera. El silencio reinaba en su interior. Wenda cerró los ojos y rezó. Aunque era una iglesia muy austera, era muy acogedora. Se respiraba mucha tranquilidad y eso les vino muy bien.


Wenda: Nos toca ser fuertes. Podemos llorar, pero no derrumbarnos. Debemos pensar en los que nos rodean. El abuelo no habría querido que su muerte  nos destruyese.


Lilu: Él querría que fuésemos felices. 
Wenda: ¿Es cierto que has vuelto con Duque?
Lilu: Sí, es maravilloso. Soy muy feliz a su lado. Nos vamos a ir a vivir juntos. Además, he empezado un proyecto nuevo con Hilary y Mary Sarrat. Me hace ilusión montar un negocio con ellas.


Wenda: Debemos centrarnos en cosas positivas. 
Wen: Resulta algo difícil en estos momentos, pero debemos intentarlo. En estos momentos la vida me parece una mierda, pero imagino que el tiempo me ayudará. Briana y Estrella me necesitan.


Sus: Y nosotros, Wen. Nos toca cuidar los unos de los otros. Yo tengo a mis niños, que son lo más bonito que me ha pasado en la vida y Diamante, que lo amo con locura. 


Wenda: Venid aquí, chicos.

Se levantaron y se abrazaron. Aquel momento les vino bien para retomar fuerzas.


Wenda: Dicen que las personas no mueren si siguen viviendo en los corazones y mentes de quienes lo amaban. El abuelo seguirá vivo en nuestro interior, aunque no podamos hablar con él. Nunca le olvidaremos.


FIN



















miércoles, 28 de septiembre de 2022

Historias del barrio - Capítulo 15: Una asesina a bordo

Bryan manejaba el timón del Panama mientras Caitlyn observaba fascinada. La decisión de pasar una temporada en alta mar en el crucero había sido todo un acierto. Estaba con el hombre al que amaba y podía relajarse mientras viajaba y actuaba algunas noches para los pasajeros. Sabía que el flamenco rosa estaba funcionando a las mil maravillas. Chumina se comunicaba con ella todos los días para informarle sobre todo lo relacionado con el local. Las cosas no podían ir mejor. Echaba de menos a Paca, pero prefería pensar en ella con una sonrisa y dedicarle todas sus actuaciones.

Bryan: Venga, te toca tomar el timón.
Caitlyn: ¿Yo? Será mejor que no lo haga. Me da miedo hacer algo mal.
Bryan: Yo estaré a tu lado. Venga, déjate llevar.


Caitlyn agarró el timón. Estaba nerviosa, pero Bryan permanecía a su lado. 

Bryan: Muy bien, cariño.
Caitlyn: Es una sensación muy extraña y excitante al mismo tiempo.
Bryan: Se te da bien. 


Caitlyn: Bryan, ¿crees que Lucía aceptará algún día lo nuestro?
Bryan: No lo sé. Sigue de morros. 
Caitlyn: Me hace sentir muy incómoda cuando se queda mirándome tan seria.
Bryan: Tenemos que darle tiempo.
Caitlyn: El caso es que siempre me ha caído muy bien. Espero que al menos pierda el interés en mi. No sabes las veces que Anabel y yo la hemos pillado espiándonos.
Bryan: Lo está pasando mal.


Elliot: ¡Caitlyn!

Caitlyn le devolvió el timón a Bryan y salió del puesto de mandos para ver lo que quería. Elliot saltaba contento y emocionado.

Elliot: ¡La DJ está pinchando nuestra canción!
Caitlyn: ¡No me digas! 


Elliot agarró de la mano a Caitlyn y tiró de ella.

Alliot: ¡Rápido, tenemos que bailarla!
Caitlyn: ¡Rápido, antes que termine!

Bryan sonrió al verles correr hacia la pista de baile. Lucía, que estaba atendiendo a una clienta en recepción, los miró celosa.


La DJ pinchaba todas las canciones de moda más bailables. Todo aquel que se animaba, saltaba a la pista a bailar. Niños y mayores se dejaban llevar por el ritmo de la música.


Caitlyn y Elliot tenían una canción favorita. Cuando la ponían, saltaban a bailar, no importaba en el lugar dónde sonaba. Al llegar a la pista, empezaron a bailar entre risas. 


Anabel: ¡Caitlyn! Tenemos que preparar el espectáculo de esta noche.
Caitlyn: ¡Es verdad! Lo siento, estaba tan distraída que se me pasó.
Anabel: No importa, todavía disponemos de tiempo para prepararlo.


Dejó a Elliot bailando con más niños y se marchó con Anabel. Mientras se alejaban de la pista de baile, Lucía observaba atentamente todos sus movimientos.

Anabel: ¿Has visto? Otra vez nos está mirando.
Caitlyn: No sé si hablar con ella.
Anabel: ¡Ni se te ocurra! Es mejor que te mantengas alejada de ella. Me da mucho miedo su forma de mirarnos. 


En la sala de mandos divisaron el barco policial acercándose al crucero. La radio empezó a emitir un mensaje proveniente del barco.

¡Aquí el barco 3465 de la policía marítima! Necesitamos que paren motores y nos dejen subir a bordo. Se trata de una emergencia. 

Bryan: ¡Es la policía! 

Aquí Panama. ¿Se puede saber cual es la razón por la que tenemos que detener el barco? Tenemos una ruta que cumplir.

¡No disponemos de tiempo para dar explicaciones! Deben detener el barco y dejarnos subir. 

Bryan: Está bien, para motores.


Rose hablaba a través del megáfono. John había parado el barco justo al lado del crucero.

Rose: ¡Somos la policía! ¡Tenemos que subir al barco! 


Bryan se asomó para ver que es lo que estaba ocurriendo.

Bryan: ¿Qué es lo que ocurre?
Rose: Tienen a una delincuente a bordo.
Bryan: ¿Una delincuente?


Rose: No hay tiempo para explicaciones, Capitán. Tiene que dejarnos subir antes de que sea demasiado tarde.
Bryan: Ahora mismo. Leire, ordena que desplieguen la escalera.
Leire: A sus órdenes mi Capitán.


Caitlyn y Anabel organizaban el espectáculo de aquella noche. Anabel le enseñaba varios vídeos a Caitlyn desde su portátil. En ellos se veían diferentes shows para las canciones que tenían preparadas.

Anabel: Este es ideal para la canción de introducción. 
Caitlyn: ¡Me encanta! Podría salir tras las cortinas justo cuando suena el redoble de tambores.
Anabel: ¡Buena idea!

Escucharon voces y el barco se detuvo. 

Caitlyn: ¿Qué es lo que ocurre por ahí?


Caitlyn se asomó y vio a la policía entrando en el barco. Justo en ese momento, Anabel le golpeó con su ordenador en la cabeza. Caitlyn cayó al suelo dolorida.

Anabel: ¡De esta ya no te libras!
Caitlyn: Anabel...


Lucía llevaba días observándolas. Anabel fue quién le dio la idea del falso embarazo. Se puso en contacto con ella y la convenció para que intentase recuperar a Bryan con esa mentira. Se presentó como una ex amiga de Caitlyn y que a ella también le había arrebatado a su novio en el pasado. Al verla subir al barco junto a Caitlyn, sonaron todas las alarmas en su cabeza. Sabía que no era trigo limpio, pero no imaginaba que podía llegar hasta ese punto. Es por eso que pudo llegar a tiempo antes de que volviese a golpear a Caitlyn en la cabeza.

Lucía: ¡Déjala en paz!
Anabel: No te interpongas, Lucía. ¡Ella te arrebato a Bryan!
Lucía: Lo mío con Bryan hace mucho tiempo que no funcionaba. Por favor, déjala en paz.
Anabel: ¡No me da la gana!


Se abalanzó sobre Lucía y lo hizo con tanta fuerza que se cayeron al suelo. Forcejearon un buen rato, pero finalmente Anabel consiguió ponerse encima y golpearle en la cabeza.


La empujó al agua, pero cayó en los asientos del barco policial. 

Anabel: Espero que esté muerta...


Caitlyn aprovechó el descuido para intentar inmovilizarla. Estaba mareada, pero gracias a Lucía seguía viva.

Anabel: ¡Nunca te mueres!
Caitlyn: ¡Para ya! ¡Anabel, por favor! ¡Somos amigas!
Anabel: ¡No somos amigas! Nunca te has molestado en averiguar cómo estaba.


Caitlyn intentaba razonar con ella, por lo que no ejerció toda la fuerza necesaria para retenerla. Anabel supo que tenía que aprovechar el momento y la empujó. Caitlyn se quedó colgando por la borda, a punto de caer al agua. Se agarraba a duras penas a una pequeña barandilla.

Anabel: ¡Siempre te ha ido mejor que a mi! Yo no tengo trabajo, te mentí. Vivo de alquiler y y llevo dos meses sin pagar. Mis espectáculos nunca interesaron a nadie y tú no has sido capaz de ofrecerme actuar en tu local.
Caitlyn: ¡Has perdido la cabeza!
Anabel: Quería que las cosas te fuesen mal. Por eso encargué a una pandillera que matase a Paca. Pensé que te rendirías, pero seguiste adelante con el negocio. Es una pena que esa pandillera no aceptase un nuevo encargo. Así que fui yo la que te golpeó el día de la inauguración. No podía soportar ver el local tan lleno, tu novio tan guapo contigo, a punto de actuar y encima, a mi me acaban de dejar. Mi novio se había ido con su ex y a ti te importaba un pimiento.
Caitlyn: ¡Estás loca! ¡¿Cómo pudiste matar a Paca?!
Anabel: Sabía que su muerte te afectaría mucho.
Caitlyn: Por favor, me estoy resbalando. Anabel, deja esta locura y ayúdame.


Anabel: Te ayudaré, pero a caer al agua. Con otro golpe en la cabeza, no creo que puedas sobrevivir.
John: ¡Policía! 
Rose: ¡No se mueva!
John: ¡Las manos arriba!


Anabel no hizo caso y alargó el brazo para golpear de nuevo a Caitlyn. John disparó al ordenador y Anabel cayó al suelo aturdida.


Rose ayudó a Caitlyn a ponerse a salvo. Estaba al límite de sus fuerzas.

Rose: ¿Se encuentra bien?
Caitlyn: No, ahora mismo me encuentro muy mal.
Rose: Siéntese aquí y tome aire.


Caitlyn: ¿Cómo sabían que Anabel era la asesina?
Rose: La noche del asesinato hubo un testigo. Gracias a él pudimos dar con la persona a la que Anabel le encargó el asesinato.
John: Esa persona confesó que Anabel le había pagado por asesinar a Paca y que pretendía que hiciese lo mismo con usted.
Caitlyn: No me lo puedo creer. Pensaba que éramos amigas...
John: Fue ella quién le golpeó aquella noche. Aunque la señora Isidora es una persona despreciable, es inocente.


Bryan: ¡Caitlyn!

El Capitán corría desesperado en busca de Caitlyn. Ahora que por fin estaban juntos no estaba dispuesto a perderla.


Caitlyn se levantó y lo tranquilizó. Se abrazaron y besaron mientras John apretaba las esposas a Anabel, que los miraba furiosa.

John: Queda detenida por asesinato e intento de asesinato. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga puede...
Anabel: Siempre se sale con la suya. La odio.
Rose: Ese odio la llevará a la cárcel. ¿Le merecía la pena? Se supone que eran amigas.


Caitlyn la miró. En sus ojos llorosos se reflejaba la decepción y la tristeza. Aquella mirada la sobrecogió. Se avergonzó de si misma, por todo lo que había hecho. 

John: Andando.


Lucía había resultado ilesa. Estaba sentada, intentando recuperarse del susto.

Rose: Ha sido un milagro que haya sobrevivido.
Bryan: Es una mujer muy fuerte y valiente.
Lucía: Cualquiera habría hecho lo mismo en mi lugar.
Rose: No esté usted tan segura de eso.


Caitlyn: Lucía, gracias por salvarme la vida. 
Lucía: No ha sido nada.
Caitlyn: Casi pierdes la vida por ayudarme. Te estaré eternamente agradecida.
Lucía: Lo importante es que estamos bien.


Caitlyn miró por última vez a Anabel. Estaba sentada en el barco policial. Esposada al asiento. Cuando se percató de la presencia de Caitlyn, bajó la mirada avergonzada.

Caitlyn: Te consideraba mi amiga, casi una hermana. Espero no volver a verte nunca más y que pagues por lo que le hiciste a Paca. Mereces pudrirte en la cárcel. Hasta nunca.


Cuando todos abandonaron el barco. John y Rose se prepararon para volver al puerto y llevar a Anabel a la comisaría.

Rose: Al final hemos resuelto el caso.
John: Sí, ha sido emocionante. El caso del oso de peluche la verdad es que me aburría bastante.
Rose: Cierto, pero al final también lo hemos resuelto. Hacemos buen equipo.
John: Somos el mejor equipo. Me fastidia soltar a Isidora. Esa mujer trató a su hijo como si fuese basura.
Rose: A mi también me fastidia. El único delito que cometió es el robo del oso de peluche.
John: Tratar así a un hijo también debería ser delito, pero tienes toda la razón. Bueno, tardaremos un poco en dejarla en libertad, toca hacer papeleo y ya es un poco tarde.
Rose: Sí, que pase la noche en el calabozo. Así podrá pensar con tranquilidad en lo mal que se ha comportado con su hijo.


John arrancó el barco y se alejaron del Panama. Escucharon a Anabel llorando y gritando.

Rose: ¿Llamarás a esa tal Alexia?
John: Es posible.
Rose: Es guapa.
John: ¿Verdad?
Rose: Sí, es toda una princesa.


Panama siguió su travesía por alta mar. Caitlyn y Bryan salieron a tomar el aire y relajarse. Por fin podían estar tranquilos. 

Bryan: ¿Estás bien?
Caitlyn: Sigo conmocionada, pero lo superaré. 
Bryan: Siento que Anabel sea la asesina.
Caitlyn: Ahora hay muchas cosas que me cuadran. Ella siempre insistió en que lo dejase todo, que me fuese con ella a un local no sé dónde. 
Bryan: Quería alejarte de todos los que te quieren. Vete a saber lo que te habría hecho de tenerte solo para ella, en un lugar desconocido.
Caitlyn: Fuiste tú el que me convenciste para no abandonar el Flamenco rosa. Si me llego a ir con ella...


Bryan: Aunque he fallado en algunas cosas. Tenía a una asesina a bordo. Tendría que haberte protegido.
Caitlyn: Me has protegido, muchos más de lo que imaginas. Te amo.
Bryan: Yo te amo más.
Caitlyn: Bésame. 


Ambos se fundieron en un beso largo y sincero. Caitlyn tenía la sensación de que a partir de ese momento, las cosas saldrían bien. 

Bryan: Eso sí, a partir de ahora nada de amigas locas.

Ambos se rieron. A pesar de lo ocurrido, Caitlyn se sentía feliz por haber encontrado el amor de su vida, por sentirse plena y orgullosa por haberse convertido en la mujer que era.


Elliot se interpuso entre ellos entre risas. Bryan empezó a hacerle cosquillas y Caitlyn se unió al momento. Los tres reían felices. Caitlyn no podía ser madre, pero sentía aquel niño como si fuese su propio hijo. Por fin, la vida le sonreía. 


FIN