viernes, 1 de mayo de 2020

Estado de alarma - Capítulo 07: Agnes, Lúa, Artemisa, PD, Panama 1ª Parte

Estado de alarma

Capítulo 07

Agnes, Lúa, Artemisa, Panama


No podía estar más preocupada. Lúa, trabajaba desde casa con su portátil. Escuchaba una lista de Spotyclick, con canciones clásicas Clackllegas. Le tocaba rellenar varios informes antes de dar por acabada la jornada laboral. Le dolía un poco la cabeza, pero necesitaba terminar para que no se le acumulara el trabajo.  Miraba el reloj cada dos por tres. Agnes había salido a comprar y llevaba demasiado tiempo fuera. Antes, era ella la encargada de hacer la compra, pero su delicado estado de salud lo cambió todo. Padecía una extraña enfermedad del corazón y era preferible quedarse en casa. Escuchaba truenos, se aproximaba una gran tormenta. Miró el tiempo en su móvil y vio que no se equivocaba. Le envió un mensaje de voz para averiguar la razón de su tardanza.

Lúa: Agnes, ¿dónde carallo estás? ¡Estoy muy preocupada! Está a punto de llover y no te has llevado paraguas... 


Le entró una vídeollamada al Skypeclick. Era Silvia, una de las mejores amigas de la pareja.

Lúa: Hola, Silvia.
Silvia: ¿¿Estás escuchando los truenos?? ¡Está a punto de caer una buena!
Lúa: Sí, pero yo ando preocupada por Agnes.
Silvia: ¿Le ocurre algo?
Lúa: Pues que se fue a comprar y todavía no aparece. No se llevó paraguas, así que imagina...
Silvia: No te preocupes, estará bien. Ya sabes que Agnes se entretiene con cualquier cosa. Capaz de estar absorta, contemplando el río Miño.

En ese momento, un trueno hizo retumbar la casa y empezó a llover.


Lúa fue corriendo a la ventana que daba a la calle y la abrió. Estaba lloviendo a cántaros. Iba vestida con un suave pijama de manga corta y el viento fresquito le hizo tiritar. Un aire puro, fresco y un olor intenso a humedad se coló en la casa.

Silvia: ¿Lúa? ¿Dónde andas? ¿Has escuchado el tueno?
Lúa: Perdona, estoy mirando por la ventana. 
Silvia: ¿La ves venir?
Lúa: No. Pobre Agnes, se estará empapando todiña. 


Silvia: Ya sabes que a ella no le disgusta la lluvia.
Lúa: Sí, pero con todo lo que está pasando y cargada con la compra...
Silvia: ¿Has probado a llamarla por teléfono?
Lúa: Sí, pero no responde.


Silvia: Siempre lo diré. Envidio vuestro amor. Es verdadero. Me gustaría tanto que alguien se preocupase así por mi...
Lúa: ¡Pero si luego pasas de los hombres!
Silvia: Sí, pero es que me agobian y me gusta ser independiente.
Lúa: No hay quién te entienda.
Silvia: Soy así de especial.
Lúa: Por eso te quiero tanto.


Silvia: Pues te dejo. Cuando vuelva Agnes, hacemos una vídeollamda las tres.
Lúa: Vale.
Silvia: Y deja de preocuparte. Agnes volverá enseguida. 
Lúa: Vale, intentaré tranquilizarme. Hasta luego, Silvia.


Silvia tenía parte de razón sobre el retraso de Agnes. Se había entretenido mirado el río, paseando por los alrededores, absorta por la soledad de las calles, por su silencio. Era un panorama tan desolador que su alma no era capaz de reaccionar. Paseaba por las calles temiendo encontrarse un trasgo, quizás un mouro o un hombre lobo. Sabía que el enemigo que recorría las calles de su amada ciudad era mucho más pequeño y difícil de ver que esos seres mitológicos. Cuando reaccionó, se había hecho tarde. Fue al supermercado y compró rápidamente todo aquello que necesitaba. Al salir, se puso a llover.


La lluvia caía con fuerza y estaba muy fría. A Agnes no le disgustó en un principio, pero luego pensó en la compra. Había cosas que se podían estropear. Las tapó como pudo y caminó con prisa por las calles. Sus paisanos habían sido precavidos, todos llevaban su paraguas. Pensó en su madre. De haber estado con ella, le habría obligado a llevar paraguas. A pesar del confinamiento, se encontraba con gente en la calle. El miedo se apoderó de ella y hacía todo lo posible por no pasar cerca de nadie.


Duque, el valiente y caballeroso pirata, caminaba en esos momentos por la calle. Era el ex prometido de Lilu, con la que había terminado muy mal.Vio a Agnes caminando, cargada con dos bolsas de la compra que debían pesar mucho y sin paraguas. 


Su primera reacción fue ir a ayudarla. Agnes puso cara de terror cuando lo vio acercarse. Fue entonces cuando el pirata retrocedió.

Duque: Es verdad, no me puedo acercar a nadie...ni siquiera a ayudar a una dama en apuros. 

Se sintió mal, pero supo que lo mejor era alejarse. Si intentaba acercarse, seguramente la asustaría. No por ser pirata, si no por saltarse la distancia de seguridad y el temor a que le contagiase del clickvirus. Agnes suspiró aliviada y siguió caminando. 


Lúa seguía asomada a la ventana. Estaba a punto de ir a por un jersey de abrigo cuando vio a Agnes. Se sobrecogió al verla empapada y tan cargada. 

Lúa: ¡Agnes, por fin!
Agnes: ¡Luíña!


Lúa abrió la puerta y Agnes entró rápidamente. Estaba completamente empapada.

Lúa: ¡Estás empapada! 
Agnes: Me pilló la lluvia desprevenida. Al menos creo que la compra llegó ilesa.
Lúa: Corre, cámbiate de ropa y entra en calor.


Agnes: ¡Dejo la compra en la cocina!
Lúa: No te preocupes, yo me encargo de desinfectar. Ha llamado Silvia. Cuando estés relajada, la llamamos.
Agnes: ¡Vale!


Después de entrar en calor y merendar, contactaron con Silvia mediante Skypeclick.

Silvia: ¡Jajaja! Me imaginaba que algo así habría ocurido.
Agnes: Nunca me había sentido así, Silvia. Las calles tan solitarias y la sensación de que algo nos acecha, un peligro invisible. No he podido evitar pasear por las calles, ver con mis propios ojos lo que está pasando.
Silvia: Sobrecoge. 
Lúa: Pues yo estaba atacada de los nervios.
Silvia: Se preocupa mucho por ti. Eso es que te quiere de verdad.
Agnes: Lo sé, aunque yo la amo todavía más.
Lúa: ¿Y eso? ¡Yo te amo más!
Agnes: De eso nada, Luíña.
Silvia: Lo dejamos en un empate. ¡Jajaja!


Después de hablar con Silvia, se comunicaron con Artemisa. Tenía muy buen aspecto. Estaba en el jardín de la casa de Casandra, su hermana. La relación entre Agnes y Artemisa se había roto, pero no su amistad. Es cierto que pasaron malos momentos, sobretodo Artemisa. Le costó aceptar que Agnes ya no la amaba como antes y fue duro superarlo. 

Artemisa: ¿Tanto está lloviendo?
Agnes: ¡Ni te lo imaginas! 
Lúa: Parece que el cielo se vaya a caer en cualquier momento sobre nosotras.
Artemisa: Aquí luce el sol y ni una nube. 
Agnes: ¿Cómo llevas el confinamiento?
Artemisa: Lo llevo bien. Me dedico a leer mucho. Soy capaz de leerme dos libros por día. También estoy cosiendo y viendo series con mi hermana. Estoy viendo La casa de Playmobil, Juego de clicks y Enlickadas. 


Agnes: Nosotras leemos juntas, componemos y cantamos. También estamos viendo Master click, que a Luíña le encanta y hemos empezado a ver Juego de clciks. Nos gusta pero nos liamos con los nombres.
Artemisa: A principio es difícil quedarse con el nombre de tantas casas.
Casandra: ¡Sorpresa!


Casandra apareció junto a Artemisa.

Agnes: ¡Casandra!
Casandra: ¿Qué tal estáis? ¡Se os ve fenomenal!
Lúa: Estamos bien, gracias. ¿Y tú?
Casandra: Sobrellevándolo. Echo de menos a Gabriel, pero al ser médico prefiere hospedarse en un hotel hasta que todo esto pase. Ya sabéis, para no contagiarnos.
Agnes: Es un héroe. Pronto estaréis juntos.
Casandra: Eso espero. Me preocupo mucho y lo echo de menos. Hablamos todos los días, pero se hace difícil.
Lúa: Ánimo, estamos en la recta final.


Agnes también quería hablar con las Playgirls. Llevaba mucho tiempo sin saber de ellas. Con quién más contacto tenía era con Asunción. A veces se enviaban audios eternos y se ponían al día. Piedad, Asunción y su prima Brígida eran las nuevas Playgirls. Después de la muerte de su hermana Justina, Brígida se convirtió en una más. Llevaban varias semanas encerradas en el crucero en el que trabajaban, Panama. No les dejaban desembarcar en ningún puerto.

Asunción: Hay un caso de clickvirus en el barco y no nos quieren en ningún sitio, Agnes.
Agnes: ¡Eso es inhumano!
Asunción: El Capitán está negociando para que nos dejen bajar, pero hay protestas.
Lúa: ¿Protestas?
Piedad: Hay gente en el puerto que no quieren que desembarquemos. Nos tiran piedras y queman contenedores y ruedas.
Brígida: ¡Es como si el barco fuese el monstruo de Frankestein!
Agnes: Oh, rapazas...Esto es indignante.
Asunción: Hemos preparado un nuevo show. Disponemos de tanto tiempo muerto, que esta situación nos ha inspirado.
Brígida: El show se llama, "Las repudiadas".
Piedad: ¡Vamos a enseñaros en exclusiva la canción que abre el show!


Las tres se pusieron a cantar y bailar sobre la cama. Estaban viviendo una situación triste y complicada, pero se lo tomaban con mucho humor. Agnes y Lúa rieron al escuchar la letra de la canción y la coreografía del baile.


Playgirls: Somos las repudiadas, somos las repudiadas y vivimos apartadas. No por ello más dejadas, ni tampoco olvidadas. La gente es troglodita, no piensa y no medita. A nosotras nos irrita, pero cantamos y se nos quita. ¡Lara la lara la raaaa!


El Capitán Miller intentaba razonar con el gobierno para que les dejase desembarcar. Siempre les decían que era mejor que se quedasen en el barco, pero la gente necesitaba volver a sus casas y tenían necesidades que en el barco no podían cubrir. Una vez más, se les negó atracar en el puerto.


Capitán Miller: ¡Esto es intolerable! Nos apartan como apestados...

Pensaba en su tripulación, en todos los pasajeros que vivían encerrados en sus camarotes. La situación era insostenible. 


Lucía: Leire, ¿quién se hospeda en el camarote 325?
Leire: Se hospeda una pareja. Ximena y Valeria. Una de ellas exige un médico para un tal Agripino.
Lucía: ¿Quién ese ese Agripino?
Leire: Su oso de peluche...
Lucía: Están perdiendo la cabeza...
Leire: ¿Se sabe si podremos desembarcar?
Lucía: No. Ahora mismo le preguntaré al Capitán.


Lucía: Bryan, la gente está empezando a volverse loca. ¿Has podido comunicarte con los negociadores?
Capitán Miller: Sí. Dicen que hacen lo que pueden, pero que de momento no nos permiten desembarcar. Traerán alimentos y todo aquello que necesitemos, pero de aquí no nos dejan bajar.
Lucía: No pueden hacer eso.
Capitán Miller: La ciudadanía está en contra. Siguen las protestas en el puerto y la situación se está volviendo muy violenta.


Lucía: No me lo puedo creer...
Capitán Miller: No quiero volver a fallar a mis pasajeros y a todos vosotros. Lo hice una vez y estoy a punto de volver a hacerlo.
Lucía: Eso no es cierto. Lo que ocurrió no fue culpa tuya, así lo dictaminó la justicia. Esto tampoco tiene nada que ver contigo. Es culpa de la parte más oscura de la humanidad. 


Continuará...

jueves, 23 de abril de 2020

Estado de alarma - Capítulo 06: Sabrina 2ª Parte

Estado de alarma 

Capítulo 06

Sabrina 2ª Parte

No le apetecía en absoluto hacer cola. No había salido a la calle para perder el tiempo de esa forma. El supermercado estaba quedándose sin género. La gente se lo llevaba todo. A Sabrina lo único que le interesaba era la rosquilla, y estaba decidida a conseguirla. La primera de la fila era Mary Sarrat. "Mira, la pija petarda amiga de Sus", pensó al verla. A ver si consigo que me deje pasar.

Sabrina: Hola, Mary.
Mary: Hola.
Sabrina: Me preguntaba si me podías dejar pasar. Es que tengo mucha prisa.
Mary: Lo siento, pero yo llevo haciendo cola mucho tiempo. Tendrás que tener paciencia.
Sabrina: Si solamente quiero una rosquilla, iré rápido.
Mary: Lo siento, Sabrina. Si fuese por algo más urgente...
Sabrina: No me extraña que sigas soltera, con ese carácter...
Mary: ¿Perdona?
Sabrina: Nada, que hasta luego. 
Mary: Esta mujer no cambiará nunca. Sigue siendo tan maleducada como siempre. Menuda jeta tiene...


Sin más remedio, tuvo que  ir hasta el final de la cola.

Sabrina: Para una miserable rosquilla tengo que hacer esta cola...


Le preguntó al último de la fila si le dejaba pasar. El hombre negó con la cabeza y Sabrina le sacó la lengua. Con la mascarilla, no se notó.

Sabrina: Qué insolidaria es la gente. ¿Has visto, Elvis? La gente, en momentos así, saca lo peor.
Elvis: ¡Grrrrr!


Pinhead estaba en comunicación con Fune, su novia. Habían quedado en verse y escapar. Querían refugiarse en una casa ocupa del centro y esperar a que todo pasase. Fue hasta la puerta de su casa y esperó el mensaje de su novia. No tardó en recibir un whatsaclick en el que le decía que ya estaba fuera.


Llevaban muchas semanas sin verse y se les estaba haciendo insoportable. Fune ideó el plan. Conocía una casa desocupada en el centro en la que estarían la mar de bien. Su dueño, un hombre de negocios, estaba fuera por causa del clickvirus y no aparecería en meses. Era una casa enorme, con todas las comodidades. Escondiéndose entre los coches y las farolas, llegó a la calle en la que vivía su novio. Le envió el mensaje para que saliese de su casa.


Sabrina se cansó y empezó a toser de forma exagerada. Todo el mundo se apartó y ella empezó a caminar hasta entrar en la tienda.

Sabrina: ¡Ay, perdón! ¡Cof cof cof cof! ¡Ay, qué mal llevo el clickvirus!


Filomena acompañaba a dar un paseo a su hijo, Bisbi. Dado su especial estado de salud, necesitaba ese paseo diario. Bisbi llevaba su mascarilla y Filomena un pañuelo.

Bisbi: ¿Podemos ir a ver a Suselle?
Filomena: Sabes que en estos momentos no puedes ver a ningún amigo.
Bisbi: ¿Y podemos ir al parque?
Filomena: Tampoco. Están todos cerrados.
Bisbi: Pues vaya un rollazo. Mami, ese coronavirus es de lo más fastidioso.
Filomena: Lo sé, hijo mío.
Bisbi: ¿Esa señora nos echará de casa?
Filomena: No lo sé, hijo mío. He intentado llegar a un acuerdo con ella, pero se muestra inflexible. 
Bisbi: Yo no me quiero ir de casa. Si quieres, te doy todos mis ahorros y se los das.
Filomena: Eres muy bueno, cariño. Me temo que con eso, no es suficiente...


La madre de Pinhead, (Ramona), estaba asomada a la ventana. Era uno de sus pasatiempos preferido. Ejercía de guardiana del barrio y cuando algo le parecía mal o fuera de lugar, protestaba. Su marido veía la televisión y sus dos hijas jugaban con el móvil.

Ramona: ¡Mira esa! Dándose un paseo por la calle como si nada. ¡Oiga, señora!


Filomena: ¿Se dirige a mi?
Ramona: Sí, no disimule. ¡Es usted una sinvergüenza! ¡¡Sale a dar paseos con su hijo cuando eso está prohibido!!
Filomena: ¿Disculpe? ¡No tengo que darle a usted ninguna explicación! Tengo permiso para pasear con mi hijo.
Ramona: ¡Y un pepino! ¡Pienso llamar a la policía! ¡¡Menuda irresponsable!!


Pinhead aprovechó el desconcierto para salir.

Pinhead: Es el momento.


Dalia, su hermana pequeña, lo vio salir y lo llamó. 

Dalia: ¡Hermano! ¿A dónde vas?
Pinhead: Con mi churri. 
Dalia: Como te pille la mama, te va a canear.


Pinhead: Eso no lo hará si tienes el pico cerrado.
Dalia: Eso te costará 50 cleuros.
Pinhead: ¡Ni lo sueñes!
Dalia: ¡Ma...!
Pinhead: ¡Shhh! Está bien. Si te pregunta, le dices que no me has visto.
Dalia: No diré una palabra.


Pinhead: ¡Fune!
Fune: No hay tiempo que perder, ¡vamos!

Fune agarró a Pinhead de la mano y salieron corriendo.

Pinhead: ¿Queda muy lejos esa casa?
Fune: Un poco, pero sé un camino por el que lo pasma no suele pasar.


John patrullaba la zona junto a su compañero, Tomás. Era un agente novato, pero muy apto para el trabajo. John conducía el coche policial y Tomás estaba sentado en el asiento del copiloto. Rex descansaba en la parte trasera el vehículo.

John: Un día tranquilito.
Tomás: Sí, no ocurre nada. Menudo rollazo...
John: Créeme, es mejor que la cosa siga así.


Fune y Pinehad fueron a parar justamente por la calle por la que estaban patrullando. Les dieron el alto inmedatamente.

John: ¡Otra vez estos dos!
Tomás: ¿Quienes son?
John: Dos delincuentes reincidentes. Estoy cansado de detenerlos...
Fune: ¡Maldita sea!
Pinhead: ¡La pasma! 


John: Buenas, chicos. Otra vez nos vemos las caras.
Pinhead: Sí, pero ya nos íbamos...
John: ¿Motivo por el que estáis en la calle?
Fune: Ehhh, hemos ido a llevarle comida a una mujer mayor.
Pinhead: Sí, estaba hambrienta. La pobre se estaba comiendo los geranios. 
John: Chicos, que nos conocemos...
Fune: ¡Es la verdad!
John: Volved a casa, es mi primer y único aviso.A la próxima, os tendré que multar.
Fune: ¡Y un cuerno! ¡Yo no vuelvo a mi casa! ¡A por ellos!


Fune y Pinhead se enfrentaron a ellos. Preferían pelear antes que rendirse y volver al confinamiento. Daban patadas y puñetazos a los dos agentes. 

Pinhead: ¡Nadie nos volverá a separar!
Tomás: ¡Cálmese, señor!
John: ¡Rex!


Rex se lanzó sobre Fune y Tomás sacó su pistola.

Pinhead: ¡Ehhh! ¡Eso no es necesario!
Fune: ¡Quitadme esa bestia de encima!
John: Chicos, lo vuestro no tiene remedio. Quedáis detenidos. 


Sabrina salió del supermercado con la rosquilla en la mano y burlándose de todos los que seguían en la cola. La gente la miraba indignada.

Sabrina: ¡Hasta luego, pardillos!


Bisbi estaba muy alterado. Ramona no cesaba de gritar desde la ventana a Filomena.

Bisbi: ¡No insultes a mi mamá!
Filomena: Bisbi, tranquilízate. 
Ramona: ¡Menudo hijo tienes! ¡Lo tienes malcriado! ¡Ya he llamado a la policía y te va a caer un puro de los gordos!
Filomena: Pues hablaremos con las autoridades, no se preocupe. No tengo miedo de nada.
Sabrina: Huy, ¿y esto de que va?


Vio aparecer el coche policial conducido por John y el corazón se le salió del pecho. 

Sabrina: ¡Es John! ¡Corre, Elvis! 

Salió corriendo antes de ser vista.

John: Algo está ocurriendo aquí.

Pinhead y Fune estaban esposados en los asientos traseros.

Pinhead: ¡Mi madre! ¡Por favor, que no me vea!
Tomás: Pues tenemos que parar.
Pinhead: ¡Me matará!
John: Nos ahorraría trabajo. Estamos hartos de tus fechorías.


Sabrina se alejó unas calles y se sentó en un banco.

Sabrina: Por los pelos. Me sentaré aquí a comerme la rosquilla y luego volveré a casa. ¡Mmmm! ¡Deliciosa!


Rose detuvo la moto frente al banco dónde Sabrina se había sentado.

Rose: Veo que te lo estás tomando con calma.
Sabrina: ¡Rose! Es que estaba cansada y me he sentado a descansar...
Rose: Esta ya no te la paso. ¿Me tomas por tonta? Te dije que volvieses a casa.
Sabrina: Pensaba hacerlo después de comerme la rosquilla. ¿Quieres un bocado?
Rose: ¿Es que no ves las noticias? ¡Esto no se puede hacer!
Sabrina: ¿Comerme una rosquilla sentada en un banco? ¡Ni que estuviese robando!


Rose: ¡Ya está bien! Tu actitud nos pone a todos en peligro. Te he avisado, Sabrina.
Sabrina: Afloja un poco, chica. Mira, me voy para casa y aquí no ha pasado nada.
Rose: Demasiado tarde para eso. Te tengo que multar. Serán 600 cleuros.
Sabrina: ¿Perdona? ¡Estás loca!


Filomena: Por eso, siguiendo las instrucciones de su médico, salimos todos los días a pasear. Esa es la documentación que lo acredita. 
John: Ya veo. Está todo correcto.
Ramona: Ah, pues no lo sabía. El chico tendría que llevar un distintivo que avisase que es un caso especial y puede salir a la calle. Los demás no podemos adivinar que el chico tiene problemas...
Filomena: No pienso señalar a mi hijo para que gente como usted no nos insulte por la calle.
John: Haya paz, por favor.


Ramona: Pues yo creo que no estaría mal ponerle algo para que sepamos que es un chico especial. Un brazalete o algo. Yo lo único que hago es vigilar el barrio y que todo el mundo cumpla con la ley. 
Tomás: Se lo agradecemos, señora, pero antes de formar estas peleas, llame para que nosotros nos encarguemos.


Rex empezó a tirar de la correa. John sabía que cuando hacía eso, algo había captado. Quizás un rastro que lo llevaría a la escena de un crimen o un delito.

Rex: ¡Guau guau!
John: ¿Has captado algo, amigo?


John: Encárgate tú, Tomás. Parece que Rex ha captado algo.
Tomás: Descuida.
John: ¡Vamos, Rex!
Rex: ¡Guau guau!


Sabrina: ¡Siempre me has tenido envidia! Estás enamoradita de mi John. 
Rose: ¡No digas sandeces! 
Sabrina: No pienso pagar 600 cleuros de multa por sentarme en un banco a comerme una rosquilla.
Rose: ¡Que estamos en estado de alerta! Está en juego la salud de todos, inclusive la tuya.
Sabrina: ¡Me tienes manía!


John: ¿Sabrina?
Sabrina: ¡John!

Sabrina palideció al ver a su marido y Rex frente a ella.

Sabrina: ¡Sorpresa! Quería sorprenderte...


Rose: Tu esposa es una mentirosa compulsiva. Lleva horas dando vueltas por el barrio. La vi golpeando a un limpiador y le avisé, que debía volver a casa cuanto antes. No me hizo caso y me la he encontrado en este banco, como Pedro por su casa. Encima, me falta al respeto y se ríe en mi cara.
John: ¿Es eso cierto?
Sabrina: ¡Es todo mentira! Yo he salido para darte una sorpresa y pasear a Elvis, que el pobre está cansado del bosque. Tu amiguita me está haciendo la vida imposible. Con el rollazo del clickvirus ese no se puede una ni sentar en un banco. ¡Me quiere multar con 600 cleuros!
John: No me lo puedo creer...
Sabrina: Sí, me tiene envidia. Se las da de querer proteger a todo el mundo, que estamos en alerta, pero todo es una estrategia para vengarse de mi. ¡Es una envidiosa! 


Rose: John, somos amigos desde hace años. Entiendo que es tu mujer, y sabes que yo no me meto, pero esto ya pasa de castaño oscuro. Sabes que mi abuela ha muerto del clickvirus hace pocos días y que lo único que quiero es que esto pare. No me siento con fuerzas para discutir con ella y explicarle algo que todo el mundo sabe. Dejo en tus manos lo que quieras hacer con ella. Por nuestra amistad, me marcharé, pero a la próxima, ten por seguro que me dará igual que sea tu mujer.
John: Rose...


Sabrina: ¿Ha muerto su abuela?
John: Así es.

Rose subió a la moto y se marchó.


John: ¿Has perdido el juicio? ¡No le puedes decir esas cosas a un agente de la ley!
Sabrina: Yo...
John: ¡Y tratar a Rose de esa forma!
Sabrina: Pero ella me quería poner una...
John: ¡Basta ya! Me has decepcionado, Sabrina. Esto es muy serio y parece que no quieres entenderlo. ¿Por qué te empeñas en dejarme mal ante mis compañeros?
Sabrina: Eh...
John: Parece que no te importase nada. Te da igual mi trabajo, nuestros hijos, tu salud y la de nuestra familia. Sales a pasear, saltándote la ley sin motivo alguno. 
Sabrina: Yo...
John: Volvamos a casa, si es lo que quieres. No te impediré que te marches por ahí a pasear y hacer el indio, pero atente a las consecuencias...


Faustino movía el guiso que estaba preparando. Había cocinado un par de veces en su vida con un resultado desastroso. Temiendo que Sabrina hiciese realidad sus amenazas de meterlo en un asilo, se puso a cocinar. Pidió ayuda a Walter, que lo supervisaba mientras ponía la mesa. Walter era un gran cocinero, a pesar de su corta edad. Sabrina cocinaba muy mal, por lo que muchas veces se había visto obligado a cocinar. Cuando Sabrina, John y los perros entraron en casa, pillaron a los niños poniendo la mesa. Anita ponía los platos y Walter llevaba el pan.

Walter: ¡Ya estáis aquí!
Anita: Sabrina, estaba preocupada...
Sabrina: Estoy bien, no pasa nada...

Sabrina intentaba disimular las lágrimas. No había parado de llorar durante todo el trayecto en coche hasta casa. John estaba realmente enfadado.

Fuastino: ¡La cena está casi lista! Ehhh, ¿cómo se llama esto?
Walter: Tagliatelles con verduras.
Faustino: ¡Tauralletes con verduras!


John: Estoy muy cansado, Sabrina. No hago más que tirar de ti y tú no haces más que tirarme piedras.
Sabrina: Lo siento, John. Estaba cansada de estar en casa y...
John: No es solamente esto, es todo. Necesito que recapacites de una vez por todas. Ya no somos unos niños. Tenemos responsabilidades.
Sabrina: Yo...
John: No sé cuanto tiempo podré aguantar esta situación...
Sabrina: John...


Anita escuchó toda la conversación. Vio a Sabrina llorar mientras John se alejaba enfadado. Se sintió muy identificada con su madre. Ella era igual de incorregible y sus padres adoptivos la habían regañado miles de veces.


Sabrina salió corriendo hacia su cuarto. Necesitaba llorar. Walter no se había percatado de la discusión. Llevaba la barra del pan a la mesa y daba órdenes a su abuelo para que no se le quemase la comida.

Walter: ¡Mami! Estamos preparando una comida deliciosa. 


Faustino: ¿Problemas con tu maridito?
Sabrina: Nada que te importe.
Faustino: Hagamos las paces. Os estoy preparando una cena de categoría. Este hijo tuyo es todo un artista. Lo podrías apuntar al Chef click junior.
Rex: ¡Guau!
Faustino: Mira, hasta el perro quiere probarlo.
Sabrina: ¡No tengo hambre!


Se metió en su habitación y se tiró a la cama. Lloró arrepentida y enfadada. John nunca le había hablado así y temía perderlo para siempre.

Sabrina: ¡¡Soy un puñetero desastre!!


Anita entró en el cuarto y la vio llorando en la cama. Por primera vez desde que la conoció, deseó abrazarla.

Anita: Sabrina, ¿estás bien?
Sabrina: No es nada ,cariño. Se me pasará...

Hablaba, pero sin dejar de llorar. No despegaba la cabeza de la cama. No quería que Anita la viese así, pero era incapaz de tranquilizarse. 

Anita: No estés triste.


Sabrina: No pasa nada...
Anita: He escuchado la discusión. Yo también me he preocupado por ti. Me daba miedo que te pasase algo por el clickvirus.
Sabrina: He sido una irresponsable, perdóname. 
Anita: Bah, yo también he metido la pata muchas veces. Mi madre...me regaña cada dos por tres. Somos iguales en eso. Nos gusta meter la pata.
Sabrina: ¿De verdad? Anita, no seas como yo. No soy un buen ejemplo...
Anita: Eres más divertida que mi otra mamá.
Sabrina: Pero soy una madre horrible...
Anita: Eso no es verdad, mamá.


Cuando Anita la llamó mamá, Sabrina arrancó a llorar otra vez. Era la primera vez que lo hacía. Anita se sentó en la cama y Sabrina lloró en su regazo.

Anita: Siento haber sido tan mala contigo...pero estaba enfadada. 
Sabrina: Mi niña, no hay nada que perdonar. Yo en tu lugar, también estaría enfadada conmigo.


John y Walter llegaron a la habitación.

Walter: ¡Mami! ¿Te pasa algo?
Anita: Está un poco triste.
Walter: Mami...
Sabrina: Ya se me pasa...

Seguía llorando sin parar. Anita acariciaba el pelo a su madre y miraba a John con los ojos llorosos.

Anita: John, ¿la perdonas?
John: ...
Anita: ¡Venga, porfa! Seguro que tú también te equivocas muchas veces. No me gusta ver a Sabrina así...

John era incapaz de estar enfadado por mucho tiempo y verla así, le rompía el corazón.


Se tumbó junto a ella y Walter también. Estaban los cuatro sobre la cama, abrazados. Sabrina se tranquilizó y miró a John con los ojos llorosos.

John: Has sido una clack muy mala.
Sabrina: Lo sé. Lo siento, no te casaste con Sus o la Princesa Alexia.Soy así, meto la pata...
John: Lo sé, y te quiero como eres, pero...
Sabrina: Ya...a veces me paso. Intentaré ser más...racional.
John: Con eso me vale. Ahora deja de llorar. 
Sabrina: Pide perdón a Rose de mi parte y dile que siento mucho lo de su abuela.
John: Lo haré.
Walter: ¡Bieeen! ¡Ya está arreglado!


La puerta de la habitación se abrió y entraron Rex y Walter corriendo. Se subieron a la cama con ellos y empezaron a jugar. Faustino miró la escena sorprendido.

Faustino: ¿Me he perdido algo?
Anita: Te has perdido lo mejor.
Faustino: La cena ya está lista.
Sabrina: Papá, siento haberte dicho lo del asilo...
Faustino: No te preocupes, reconozco que soy un viejo insoportable. Aunque cuando me lo propongo, puedo ser adorable. La cena está lista, ¡espabilad que se enfría! 


Continuará...