Desde hacía ya más de un año, Suselle estaba recibiendo clases de piano. Desde muy pequeña había mostrado interés por este hermoso instrumento musical. Gracias a su tío Wen, que también le gustaba tocarlo, se aficionó. Tal fue su pasión, que Sus y Diamante decidieron contratar una profesora particular. Suselle tenía su propio piano en casa, un precioso piano de pared blanco regalo de su bisabuelo Ernesto. Así que las clases se impartían en casa.
Su profesora de piano se llamaba Martha, una mujer educada, agradable y de pocas palabras. Había ganado varios premios en distintos concursos y era una de las mejores profesoras de la ciudad. Aquel jueves por la tarde, Suselle tocaba el piano mientras Martha le iba dando instrucciones y correcciones.
Martha: Perfecto, Suselle. Sigue así.
Suselle estaba encantada con ella y disfrutaba mucho de las clases, pero a veces temía estancarse y no mejorar. Agradecía que Martha fuese tan paciente con ella.
Martha: Déjate llevar, Suselle. No pienses y vuela, tú puedes.
Cuando terminó de tocar la pieza musical, suspiró estresada.
Martha: Lo ha hecho bien, pero has perdido armonía conforme se acercaba el final. Es como si estuvieses deseando terminar y eso, se ha reflejado en las notas. ¿Deseas que lo dejemos por hoy?
Suselle: Me he puesto nerviosa, perdona.
Martha: Quieres hacerlo perfecto, y eso, es lo que importa. ¿Lo volvemos a intentar? Antes lo has hecho muy bien. Deja que las notas te transporten.
Sus ponía lo oreja pegada a la puerta de la habitación. Le fascinaba escucharle tocar tan bien el piano. Ella no se percataba si se equivocaba en alguna nota.
Sus: Qué bonito toca.
Martha se sentó en una silla y le dio espacio a Suselle. Hacía un día precioso, totalmente despejado y con una luz ideal.
Martha: ¿Lista?
Suselle: Sí.
Martha: Pues adelante.
Suselle se dejó llevar. Poseída por la música, tocaba el piano como jamás lo había hecho. Martha cerró los ojos y se emocionó. La música penetró en su alma y la conmovió profundamente. Suselle tocaba con tanta soltura y confianza, que se sintió muy orgullosa de ella.
Dante y Karim se colaron en la habitación sin ser vistos. Se arrastraban lentamente aguantándose la risa.
Dante: Vamos, soldado. Debemos cumplir esta misión sin ser vistos.
Karim: La cumpliremos aunque nos cueste la vida.
A pesar de haberse reído, no fueron descubiertos.
Karim: Perímetro asegurado, Capitán.
Dante: Perfecto. Es el momento de ejecutar el plan.
Dante sacó su móvil y accionó sonidos de pedorretas. Inmediatamente, ambos se empezaron a reír.
Martha: ¿Qué ha sido eso? Menudo susto me he dado...
Suselle: ¡Dante! ¿Eres tú?
Martha: Escucho risas tras el sofá.
Fueron hasta allí y los descubrieron escondidos. Ambos se estaban tronchando en el suelo de la risa. Suselle indignada les recriminó su actitud.
Suselle: ¡Sois un par de cochinos! ¡Id a otro sitio a molestar!
Dante: ¿No te ha gustado nuestra colaboración? ¡Podríamos tocar juntos y montar un grupo!
Verles llorar de la risa la enfureció todavía más.
Corrió tras ellos con la clara intención de inflarles a collejas.
Suselle: ¡Os voy a dar vuestro merecido!
Karim: ¡Lo siento, Suselle! ¡Solamente era una broma!
Dante: ¡No tiene sentido del humor!
Sus:¿Se puede saber que es lo que está pasando aquí?
Martha: Están haciendo travesuras. Ay, cuanto me habría gustado a mi tener un hermano.
Suselle: ¡Pues te regalo el mío!
Martha le pidió a Suselle que se acercase a ella.
Martha: Sus, me gustaría proponerles algo.
Sus: ¿De que se trata?
Martha: Suselle muestra unas dotes para el piano poca veces vista. Es sin duda mi alumna más aventajada.
Sus: ¡Eso es maravilloso! Enhorabuena, cariño.
Suselle: No sé si es para tanto...
Martha: Lo es. Por eso me gustaría proponerte que participes en el concurso regional de pianistas.
Suselle: ¿Yo? Pues...no sé...
Martha: Estás preparada para participar.
Sus: ¿Te gustaría participar, Suselle? No te sientas obligada. Si no te apetece, lo comprenderemos.
Martha: Yo confío plenamente en ti, Suselle.
Suselle: ¡Síii! ¡Qué emoción! ¡Voy a participar en un concurso! ¡Yupi!