sábado, 30 de marzo de 2024

La vida en la gran ciudad - Capítulo 02: Pizzas, bolsos y pastillas

Capítulo 02

Pizzas, bolsos y pastillas


Kianga había montado su agencia de detectives hacía ya un par de meses. Encontró un alquiler económico en el primer piso de un edificio de comercios. En el piso inferior estaba la juguetería de Sus. Kianga nació en áfrica, pero a los dos añitos se vino a vivir con su familia a Wensuland y desde entonces hacía su vida aquí. Su piel era negra, su pelo moreno y frondoso y sus ojos color miel. Le gustaba vestir de forma muy elegante, con su traje de falda lila y su camisa blanca. Ilusión no le faltaba, pero clientes...


En dos meses, había tenido solamente dos casos. Un gato perdido que finalmente regresó solo a casa y el caso de una señora que aseguraba que un hombre la seguía a todas partes y resultó ser el cobrador del frac, por lo que no cobró nada.

Kianga: ¡No llama nadie! Me aburro como un burro.

Estaba sentada frente a su escritorio. El ordenador encendido, su agenda en blanco y su móvil con el sonido al máximo.  Miraba por la ventana aburrida.

Kianga: Necesito acción, Isabelo.


Unos metros frente a ella estaba Isabelo, su socio. Él le había ayudado a montar la agencia, aunque el trabajo lo había hecho prácticamente todo ella. Era un hombre corpulento, con barba y poco atractivo. Siempre iba en chanclas, ya que le gustaba tener los pies libres. Vestía con su camiseta de flores hawaiana y lucía en su rostro poco atractivo sus particulares gafas de vista vintage.

Isabelo: Pues ven y pilla pizza y una birra.

Hacía las funciones de secretario y tenía su mesa de escritorio con su ordenador, aunque la utilizaba como mesa para comer y ver series. Los botellines de cerveza inundaban su zona de trabajo, tanto encima como bajo la mesa. Varios cartones de pizza esparcidos alrededor y algún envoltorio de chocolate decorando su mesa.

Kianga: No tengo hambre.
Isabelo: Pues está bien buena. He pedido la carnívora. Lleva hamburguesas, pops de pollo, salchichas y ternera en salsa. 
Kianga: Cuando quiera morir de indigestión, te lo diré.


Isabelo: Tengo dos bocatas de rabo de toro, ¿quieres uno?
Kianga: Lo que quiero es que alguien llame. Si seguimos así, tendremos que cerrar...
Isabelo: No seas impaciente, ya llamarán. Ay, me ha chorreado en la camisa la salsa barbacoa.
Kianga: ¿Cuándo piensas recoger esa pocilga que tienes en tu puesto de trabajo?
Isabelo: Cuando tenga ganas.


Kianga: No sé para qué me he gastado dinero en el anuncio en el periódico. 
Isabelo: Podríamos poner un anuncio en la tele. ¿No te parece buena idea? Todo el mundo mira la tele.
Kianga: Qué gran idea, Isabelo. Ahora dime, ¿de dónde sacamos el dinero para el anuncio?
Isabelo: Ah, es verdad, que vale dinero. ¿Y si se lo pedimos como un favor? La presentadora esa que sale en la tele, la rubia...¡Mercedes Clická! Es simpática, quizás nos quiera hacer el favor.
Kianga: Mejor sigue comiendo, Isabelo.


Isabelo: No hace falta que me lo digas dos veces. Ains, este pantalón ha encogido en la lavadora. Últimamente me está pasando con toda la ropa. Oye, ¿y ese hombre que estaba buscando a su loro perdido? ¿No te volvió a llamar?
Kianga: Le llamé yo, pero me dijo que ya había aparecido. Lo encontró en la sala de karaoke que hay frente a su casa. Al loro le gustaba cantar.
Isabelo: Qué cachondo el loro.


Kianga: Isabelo, me voy.
Isabelo: ¿Cerramos ya?
Kianga: ¡Ni de coña! Quédate ahí, por si sucede un milagro y viene un cliente. No pongas el sonido de la serie muy fuerte que no te enteras si llaman. 
Isabelo: ¿A dónde vas?
Kianga: Voy a que me de un poco el aire y de paso iré a ver a Leti a su tienda.


En el mismo edificio estaba situada la tienda de Leticia. Al contrario que Sus y Kianga, su negocio estaba funcionando muy bien. Era una boutique que había conseguido consolidarse en sus primeros meses de vida. Vendía ropa exclusiva, de diseñadores muy conocidos y admirados. Leticia disfrutaba de su nueva vida regentando un negocio así.

Alexia: ¡Un Saint Click Laurent! Mira amor, es una monada. Adoro estos bolsos de mano y más en este color.
John: Ese color te pega.
Alexia: Lo sé.


Wenda se había comprado un vestido primaveral para lucirlo esa temporada. Chidi le acompañaba cuando salía a comprar ropa. A Wenda le gustaba pedirle consejo.

Leticia: Pues serían 245 cleuros.¿Efectivo o tarjeta?
Wenda: Pagaré con tarjeta.
Leticia: Perfecto.


Chidi: Ya pago yo.
Wenda: ¡Chidi, no seas loco! No tienes que pagarme nada.
Chidi: Quiero hacerlo. ¿No puedo tener un detalle con la mujer de mi vida?
Wenda: Está bien. Luego te compensaré...


Cuando pagó, le aguantó la puerta a Wenda. Leticia observaba sorprendida lo amable que era Chidi con Wenda. 

Chidi: Mademoiselle.
Wenda: Gracias, mi amor. 


Leticia: ¿Le puedo ayudar en algo?
Alexia: Sí, me llevaré un bolso de estos y me gustaría saber si tiene algún vestido de Clickino & Clackana. Busco uno para un evento muy importante que tengo para esta temporada.
Leticia: Tengo uno ideal para usted. Me acaba de llegar.


Leticia le enseñó un precioso vestido primaveral lila azulado.

Alexia: ¡Es precioso! ¿Te gusta, John?
John: Se ve realmente bonito.
Alexia: Me lo quiero probar.
Leticia: Claro que sí. Le acompaño al probador. 


Una vez que estuvo sola en la tienda, Leticia se puso a recolocar la ropa y ordenar. Estaba tan feliz que le parecía un sueño. Su única espina clavada era no tener a su madre con ella, pero la tenía presente a todas horas. La puerta se abrió y pensó que se trataba de otro cliente, pero era Kianga.

Kianga: Hola Leti.
Leticia: ¡Kianga! ¿Ya has cerrado la agencia de detectives?
Kianga: Es como si lo estuviera. No llama nadie...


Leticia: Siento que la gente no llame. Si quieres puedo dejar publicidad en la tienda.
Kianga: Te lo agradecería. Está Isabelo en la oficina, de guardia. Aunque tampoco está muy por la labor. 
Leticia: ¿Quieres un café?
Kianga: No lo quiero, ¡lo necesito!


Mientras tanto, en la planta superior, Emma esperaba junto a su amiga Crystal en la sala de espera. Estaban en la consulta de Félix, el reputado médico de familia que tenía una consulta en ese mismo edificio. Su simpatía, su profesionalidad y cercanía le habían convertido en el médico más querido y respetado de Wensuland.

Crystal: Me duele un montón el estómago, Emma.
Emma: Sé lo que es. He sufrido dolores de estómago terribles. No te preocupes, el doctor Félix te curará.
Crystal: Eso espero.


Mientras tanto, en la consulta...

Félix estaba atendiendo a Hermenegilda. Acudía cada semana por un motivo u otro a la consulta, siempre con preguntas eternas y explicaciones infinitas. Le dolía prácticamente todo, o al menos eso era lo que ella decía. Félix, con la paciencia que le caracterizaba, intentaba mantener la calma y ayudar a su paciente de la mejor forma posible.

Hermenegilda: ..y claro, la cadera me está matando. Estoy tumbada y no sé cómo ponerme. Al dolerme las piernas y marearme al cambiar de postura, parezco un borracho en nochevieja. Me doy la vuelta que parece que estoy en una montaña rusa, no me hace falta montarme en atracciones de feria. 
Félix: La comprendo. Mire, lo mejor será que...
Hermenegilda: Yo me levanto de la cama, no se vaya a pensar que me quedo todo el tiempo acostada. Me digo que para estar ahí tumbada engullida por la desesperación más absoluta, pues me levanto y hago todos los quehaceres de la casa. Hago punto, eso me relaja, pero las cervicales no me permiten estar mucho rato y lo tengo que dejar...  


Félix: Señora Hermenegilda, he entendido su problema. Le digo lo mismo que ayer, siga con la medicasión acordada. Recuerde tomarla con las comidas, para que no le haga daño al estómago.
Hermenegilda: Como poco, por eso. Ayer cené una yesca de pan y un guchito de vino tinto, que va bien para las defensas, que me lo dijo la Herminia. Aunque luego me zampo unas buenas magdalenas de las monjas de Clisandia, que cocinan como los ángeles. Por cierto, el otro día iba estreñida y eso que tomo los polvos para ir al baño, no sé si es normal.
Félix: Camine y beba más agua. No tome...
Hermenegilda: Caminar lo hago, eso sí. Lo hago con mis amigas, la Herminia, Vicenta y Fernanda. Me llevo al chispas, el perro de mi hijo Clotildo. Que me lo ha encasquetado. Dice que no le dejan tenerlo en el piso de alquiler en el que está. El perro parece más una cabra que un perro. Si le intento acariciar, me chupa la mano y me araña jugando, y yo tengo la piel muy delicada. Me estoy poniendo la pomada esa que me recetó, para pieles sensibles y...
Félix: Señora Hermenegilda, tengo más pasientes a los que...  


Hermenegilda: Ay, perdone doctor. Es que usted da confianza para contar las cosas. No crea que hablo así con todo el mundo...
Félix: No se preocupe. Siga así y cualquier cosa nos llama.
Hermenegilda: No, si voy a sacar cita para la semana que viene, pero se lo diré a Vicrogo, no me gusta por teléfono, es todo muy soso. Con una máquina no se puede hablar. Por Internet tampoco, yo no entiendo de los aparatos de hoy en día. Yo creo que esos aparatos los inventa el demonio para que las personas mayores estemos desamparados. 
Félix: ¡Vicrogo!


Vicrogo, que era el secretario encargado de tomar citas, coger el teléfono y atender en el mostrador de la consulta, entró a toda velocidad. Sabía que Félix estaba en apuros. Doña Hermenegilda era uno de sus clientes más difíciles. 

Vicrogo: ¡Aquí estoy!
Félix: Grasias por venir tan rápido, cariño. Mira, Hermenegilda ya se marcha. Me gustaría que le acompañases amablemente a la puerta de salida.
Vicrogo: Con mucho gusto.


Hermenegilda: Oh, qué amabilidad. Sois dos ángeles. Aunque me gustaría pedir cita para la semana que viene...
Vicrogo: ¿Es por algo urgente?
Hermenegilda: No, pero seguro que me dolerá algo y así ya tengo la visita programada.
Vicrogo: Tenemos la semana completa. Hacemos una cosa. Si le ocurre cualquier cosa, llama por teléfono y yo le hago un hueco.
Hermenegilda: Es una vergüenza como está la sanidad. Una pobre mujer mayor como yo no puede ser atendida por culpa de la mala gestión que hacen los políticos, sobretodo la ministra de sanidad y el presidente, que es un espabilado de cuidado. Ojo, que no me quejo de vosotros, ni mucho menos, pero una señora como yo debería... 


Cuando por fin se marchó, Félix suspiró aliviado y sorbió un poquito de café frío de su taza.

Félix: Grasias. No podía más.
Vicrogo: Creo que la semana que viene la volveremos a tener aquí...
Félix: Qué crus. Ya puede entrar Crystal.
Vicrogo: Perfecto.


Vicrogo salió a la sala de espera y llamó a Crystal.

Crystal: Soy yo.
Emma: Ánimo. Te espero aquí.


Félix: Hola, Crystal. Dime, ¿qué te ocurre?
Crystal: Me duele mucho el estómago. Tengo pinchazos que me retuerzo del dolor...
Félix: Vaya. Vamos a la camilla y te tumbas boca arriba.


Félix estuvo tocando la zona afectada pero no notaba nada extraño.

Félix: Está todo bien. No tienes inflamasión. 


Crystal: ¿Entonces? ¡Me duele!
Félix: ¿Qué has comido en las últimas horas?
Crystal: Ayer cené en un restaurante con mis padres. Calamares a la andaluza con unas olivas con pepinillos en vinagre y tarta de la abuela. Esta mañana churros con chocolate.
Félix: Tienes el estómago susio. Te voy a recomendar tomar agua tibia con limón, infusiones o mansanilla y haser una dieta equilibrada durante unos días. Te voy a dar una lista de alimentos recomendados y los que deberías dejar de consumir por un tiempo. 
Crystal: Gracias, doctor.


Vicrogo estaba en recepción, reorganizando la agenda de Félix. Estrella estaba esperando pacientemente a ser atendida. Acudía para ver los resultados de un análisis de sangre que le habían hecho.

Vicrogo: ¿Cómo va todo? ¿Wen está bien?
Estrella: Sí, ahora está de viaje. Ya sabes como son los piratas, que siempre están en alta mar.
Vicrogo: Qué suerte tiene, viviendo aventuras por ahí. ¿Y la niña?
Estrella: Está con su abuelo y Gallofa. Se han ido de excursión con Mar y Bosco.


Una vez dentro de la consulta, Estrella esperaba nerviosa que Félix le diese los resultados de la analítica. Se había encontrado algo mareada y había pasado una infección de orina.

Félix: Está todo bien, Estrella. Los resultados no pueden ser más buenos.
Estrella: ¡Bieeen!


Estrella abrazó a Félix y le plantó en beso en toda la cara.

Vicrogo: ¿Qué está pasando aquí? ¡Manoseando a mi marido!
Estrella: Oh, disculpa, Vicrogo. Estaba tan contenta que no he podido evitarlo.
Vicrogo: Es broma, Estrella. Sé muy bien que tus besos son muy sanos. Me alegra que estés bien. Ya no tenemos más pacientes, ¿cerramos la consulta?
Félix: Sí, ya es hora de ir a comer algo. ¡Estoy hambriento! ¿Vamos al restaurante La Tagliatella?


Mientras tanto, Isabelo seguía engullendo pizzas y bebiendo cerveza. La serie estaba en el momento más emocionante. El dragón de la Reina se había enamorado del caballo del enemigo más terrible de la corona, mientras que el Rey había mandado cortar la cabeza a todos los señores del condado mayores de treinta años. Mientras, un ejército de zombies paletos estaban invadiendo el país. De pronto, alguien entró en la oficina.

Mujer: ¿Se puede?
Isabelo: ¿Eh? No estoy interesado en comprar nada.
Mujer: No vendo nada.
Isabelo: La tienda de ropa es al otro lado.
Mujer: No quiero comprar ropa. ¿Esto no es una agencia de detectives?
Isabelo: ¿Esto? ¡Ay, sí! Pase pase...


Mujer: Veo que le pillo en mal momento...quizás sea mejor que venga más tarde...
Isabelo: No pasa nada. Si esto lo ordeno en un momento. 

Agarró las porciones de pizzas y cerró la caja. 


Apiló todo tras el escritorio y dio al pausa a la serie. 

Isabelo: Tome asiento, señora.
Mujer: Muy amable.


Una vez todo medio ordenado, se sentó frente al escritorio y miró sonriente a la posible clienta.

Isabelo: Usted dirá.
Patricia: Me gustaría contratar sus servicios. Es para algo muy delicado. Creo que mi marido me está siendo infiel y necesito confirmar mis sospechas.


Isabelo no sabía qué decir. Se levantó e invitó a la clienta a sentar en el sofá. Agarró el teléfono para llamar inmediatamente a Kianga.

Isabelo: Mi socia es la entendida en estos menesteres. Por favor, pose su trasero en en este sofá tan mullido.
Patrica: Eh...de acuerdo.


Cuando Isabelo llamó a Kianga y le contó lo ocurrido, no se lo podía creer.

Kianga: ¿Seguro que no es otra vendedora? ¡No quiero cambiar de compañía!
Isabelo: No lo es, Kianga. Es una clienta de verdad, de carne y hueso. Al menos eso creo, hoy en día la inteligencia artificial hace cosas brutales...
Kianga: ¡Voy volando!


Leticia: ¿Ocurre algo?
Kianga: ¡Me voy echando leches, Leti! ¡Tenemos una clienta! ¡Una de verdad!
Leticia: Oh, eso es fabuloso. ¡Ya me contarás!


Continuará...


viernes, 22 de marzo de 2024

La vida en la gran ciudad - Capítulo 01: Juguetes en peligro de extinción

Capítulo 01

Juguetes en peligro de extinción 

Sus no concebía su infancia sin sus queridos juguetes. Recordaba los nombres de casi todas sus muñecas y adoraba peinarlas y vivir con ellas mil aventuras. Tenía coches con los que imaginaba que viajaban por todo el mundo y peluches con los que dormía y se llevaba de vacaciones. Por todo eso, montar una juguetería le hacía mucha ilusión. Quería crear un lugar mágico en el que los niños pudiesen entrar y elegir sus juguetes más deseados. Compartir con ellos la ilusión de conseguir esa figura o muñeca que tanto quería. Su abuelo se lo dijo antes de abrir, que no era un negocio de futuro. Aconsejado por todos sus asesores le animó a abrir otro tipo de establecimiento. Un compra/venta de oro o un estanco. Sus no hizo caso y abrió la juguetería. Al principio parecía que funcionaba bien, pero llevaba demasiados meses que el negocio estaba de capa caída.

Sus: No entra nadie...

La tienda, aunque no era muy grande, tenía muchísimos juguetes. Peluches, muñecas, figuras de acción, animalitos, juegos de mesa, cuentos, juguetes de construcción, maquetas, coches teledirigidos y cualquier juguete que un niño de antes pudiese desear. Sí, un niño de antes.



Sus se asomó por el ventanal acristalado para observar el exterior. La calle estaba muy concurrida. Vio a un grupo de niños caminando alegremente por esa acera, sin mirar ni por casualidad la tienda.

Sus: Es como si la tienda fuese invisible para ellos...


Todos llevaban móviles y compartían vídeos de las redes sociales. Se reían pasando memes a velocidad vértigo y se hacían fotos para subirlas a sus perfiles en Internet.

Sus: Parece que ya no les interesa otra cosa que no sea el móvil o algo electrónico. 


Pasaron de largo y a Sus se le cayó el alma al suelo. No sabía por cuanto tiempo podría tener la tienda abierta. Las ventas por Internet le habían ayudado un poco, pero a penas podía pagar las facturas. Además, en el momento más bueno del negocio había contratado a Noa, una chica fabulosa que le ayudaba en la tienda. No quería despedirla, pero si la cosa seguía así, no le quedaría más remedio que hacerlo. 


Juno: ¡Hola, Sus!
Sus: ¡Juno! No esperaba que pudieses venir hoy.

Juno era una vecina del barrio que adoraba la tienda de Sus. Le había comprado en varias ocasiones y siempre iba a descubrir si había traído juguetes nuevos. Se había interesado por un barco pirata al que no le alcanzaba con el dinero que tenía ahorrado. Sus le había propuesto que si le ayudaba en la tienda, le iría ayudando para conseguir el barco. Desde entonces, se habían hecho buenas amigas. Además, Juno adoraba a Pandy y todo lo que tenía que ver con los osos panda. Siempre que podía iba a ver a Pandy, Pinky y sus crías, aunque llevaban mucho tiempo en China y venían poco de visita. Era pelirroja con el pelo muy corto y lucía pecas en su rostro.


Juno: He terminado de hacer los deberes y mi madre me ha dejado salir antes. ¿Has traído cosas nuevas?
Sus: Algunos peluches y más sobres sorpresa.
Juno: ¡Bien! Los tengo que conseguir todos.


Sus: Ya te falta poquito para conseguir el barco pirata.
Juno: ¡Qué ganas! Tengo a mis piratas en tierra firme, aburridos. Necesitan este barco. Por favor, no dejes que nadie lo compre.
Sus: Sabes que no. Este barco está reservado para ti.


Juno ayudó a Sus a barrer y fregar la tienda. No es que hiciese mucha falta, pero Sus sabía que a Juno le reconfortaba poder ayudarla y de paso, ganar más puntos para conseguir el barco.

Juno: La hemos dejado reluciente.
Sus: Sí...aunque no creo que nadie se percate de ello. Los clientes no entran...


Juno le hacía compañía y al menos, los momentos más aburridos en la tienda se entretenía. 

Juno: Los de mi clase están embobados con los móviles y no hacen otra cosa que estar en Instaclick y Click Clock.
Sus: ¿No hablan de juguetes? ¿No les interesa el nuevo campamento del Capitán Click? Se anuncia en la tele...
Juno: No...


Noa: ¡Hola, chicas!

Noa entró en la tienda sonriente, aunque ocultando su preocupación al verlas ahí charlando, sin clientes a los que atender. Noa era una chica muy atractiva, de pelo moreno y largo que se solía peinar con una trenza en un lado. Ojos marrones, piel beige y vistiendo siempre de forma muy elegante.

Sus: Nos pillas de cotilleo.
Noa: Ya veo.



Juno: Estábamos hablando de los niños de mi clase.
Noa: ¿No han entrado clientes?
Sus: Ni uno. Todo el mundo pasa de largo.
Noa: Vaya...


Pasado un rato, Juno se marchó. Noa y Sus se quedaron organizando las cosas. Sus preparó dos paquetes de un par de ventas online mientras que Noa organizaba algunas estanterías. De pronto, entraron dos clientes. Un niño rubio que no dejaba de mirar en todas direcciones y su abuela, una mujer muy atractiva con el pelo gris. 

Noa: Buenas tardes, ¿les puedo ayudar en algo?
Rosalinda: Buenas tardes. Nada, que es el cumpleaños de mi nieto y le he traído aquí para que elija su regalo. 
Noa: Qué afortunado. Has tenido suerte, aquí tenemos de todo.
Rosalinda: Ya me habría gustado a mi que mi abuela hubiese hecho lo mismo conmigo. En mis tiempos no se podía.


Noa: Menos mal que los tiempos cambian. Pues aquí tenemos de todo.
Niño: De todo no.
Noa: ¿Qué es lo que te gustaría? Quizás te pueda ayudar a elegir.
Niño: Quiero una tablet.
Noa: Lo siento, no tenemos de eso. Por el contrario, tenemos pizarras interactivas con las que...
Niño: ¿Y videojuegos?
Noa: No, pero tenemos juegos de mesa muy divertidos.
Niño: Paso. Abuela, yo quiero el videojuego "Gran Mafioso Auto 5".
Rosalinda: Pero de eso no tienen aquí. Elige otra cosa.
Niño: ¡Ya sé lo que quiero! Una tarjeta descarga para mi consola Ninteclick 45. Gran Mafioso Auto 5 se vende por descarga y de paso, un DLC de armas y nuevos uniformes.
Rosalinda: ¿Y de eso no tenéis aquí?
Noa: No, lo siento...


Niño: ¡Vamos al estanco! Allí venden tarjetas de recarga para la consola.
Rosalinda: Lo siento, perdone las molestias.
Noa: Nada, no se preocupe. Vuelva cuando quiera...
Niño: ¡También quiero el DLC del nivel de los pandilleros!


Sus: Noa, esto no funciona...
Noa: Sus, no te desanimes. Entrarán clientes, ya lo verás.


Continuará...